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domingo, 15 de marzo de 2026

La Europa revolucionaria y la sustitución del caballo por el vapor

El sector de la automoción siempre se ha focalizado en el desarrollo de vehículos para transporte de mercancías o de personas. La variedad de oferta, en lo que a transporte no colectivo de personas se refiere, es muy amplia, desde las motocicletas hasta toda variedad de turismos disponibles en el mercado. Gracias a sus desplazamientos se permite la conexión entre las distintas regiones de un mismo continente, fomentando su desarrollo cultural, comercial y económico.

Esta visión del automóvil suena bastante industrial, económica y técnica, pero si se quiere conocer cómo se ha llegado a este punto, se requiere abandonar dicha visión y realizar una pequeña labor de análisis histórico e incluso etimológico de los términos relacionados con el sector de la automoción. El primer término susceptible de aportar información es la propia palabra automóvil, la cual según la RAE en 2008 contaba con la siguiente definición en su primera acepción: “Que se mueve por sí mismo. Dicho especialmente de vehículo: Que está dotado de motor para trasladarse.” Si se consulta la misma acepción de la RAE en 2026, encontramos que no hay ninguna variación destacable, a excepción de la siguiente ampliación: “generalmente de combustión interna o eléctrico”

Ambas definiciones aportan una gran información, ya que no se especifica el número de plazas, algo que para el término coche (derivado de automóvil no de vehículo de una composición de tren) si se especifica. Sin embargo, lo más resonante es la modificación de la acepción de 2008 a 2026 acorde a la popularidad de otras técnicas electrificadas de propulsión. Por otro lado, el origen etimológico de la palabra revela una interesante información, ya que el concepto es un extranjerismo proveniente del francés.


El Egger-Lohner C.2 con carrocería tipo Phaeton fue el primer automóvil desarrollado por Ferdinand Porsche en 1898 con propulsión eléctrica en las ruedas traseras y que puede verse en la imagen izquierda. A la derecha el Amédée Bollée La Mancelle de 1878, el cual cuenta con un motor de combustión externa de vapor y tracción trasera. Ambos vehículos constituyen dos conceptos de automóvil que encajan con la definición de la RAE de 2008 y en el caso del Egger-Lohner también con la definición de 2026.

El término automobile empezó a utilizarse como adjetivo calificativo en 1875, acompañando al sustantivo voiture, y haciendo referencia a aquel vehículo que se mueve por sí mismo. Si se sigue investigando más el porqué de la acuñación de dicho término, nos topamos con el concepto de locomobile, el cual se traduce al español como locomóvil. Este término se define según la RAE en 2026 como: “Dicho especialmente de una máquina de vapor: Que puede llevarse de un sitio a otro por estar montada sobre ruedas.”

Al analizar dicha definición, cualquiera podría pensar que se trata de una composición de tren que realiza el trayecto de un sitio a otro sobre unos carriles. Sin embargo, el concepto de “un sitio a otro” hace referencia a la capacidad por parte de dicho vehículo de elegir el lugar de destino sin la limitación o necesidad de que existan unos carriles. Por tanto, si se tiene en cuenta este matiz, el locomóvil es supuestamente un automóvil de vapor y los orígenes del término se remontan a 1808. Con todo esto, se tiene un país, Francia, un supuesto artefacto que cumple con las condiciones de ser catalogado como automóvil y que funciona con un motor de combustión externa. Ya tenemos, por fin, una semilla desde la que tratar de entender el nacimiento del automóvil.

Cugnot y el nuevo “carro de vapor”

Hay que remontarse aún más lejos en el tiempo, para vislumbrar el origen de las migas de pan que nos ha dejado la palabra locomóvil etimológicamente. Más concretamente a 1725, año en que nacía en Lorena, actual Francia, Joseph Nicolas Cugnot. Este futuro inventor pronto se enrolaría en el ejército francés y cursaría estudios en ingeniería durante su etapa castrense. Tras dicha formación el destino conduce a Cugnot hasta toparse con el Imperio Austrohúngaro, trasladando su residencia a Viena.

Durante su etapa en la ciudad austríaca tuvo ocasión de establecer contactos con personalidades de importante relevancia en su futuro, como el general Gribeauval y el embajador francés en Austria-Hungría, el duque de Choiseul. Otra de las ventajas de su estancia en Viena se dice que también puede estar relacionada con la lectura de la obra del prusiano Jakob Leupold. Dicho libro, denominado “Theatrum Machinarum”, recoge gran parte de las máquinas de vapor que se habían llegado a construir hasta 1724.


A pesar de la discreción de la que Joseph Nicolas Cugnot hacía gala, se le erigió una estatua en Lorena por su legado como ingeniero militar y más especialmente por la invención del primer locomóvil de la historia. El monumento en su honor puede verse en la fotografía izquierda. A la derecha un extracto del libro "Theatrum Machinarum" en la que se recoge una máquina de vapor desarrollada por el italiano Papin en 1707.

Al finalizar su etapa militar, Cugnot regresó a París con el objetivo de materializar todas las ideas relacionadas con la máquina de vapor que le rondaban por la cabeza. Para ello, el primer problema con el que hubo de enfrentarse fue la complejidad que implicaba fabricar piezas mecánicas, ya que estas habrían de construirse a mano con una instrumentalización muy precaria, largos plazos de tiempo y grandes costes de fabricación que Cugnot no podía asumir. Como consecuencia de ello, el general Gribeauval, que había regresado de Viena, optó por ayudar económicamente a Cugnot. De esta forma, este inventor presentó al ejército francés su planteamiento de máquina de vapor y dada la fuente de financiación, el proyecto se centraba en el desarrollo de un artefacto con fines bélicos.

Paralelamente a los avances de Cugnot, el duque de Choiseul, nuevo primer ministro del Reino de Francia, decidió participar en el proyecto de Cugnot y Gribeauval, no sin antes recibir otra oferta por parte de un ingeniero suizo de una máquina de vapor, con una finalidad idéntica a la presentada por Cugnot en París. Desde luego, la relación entre el duque, el general y Cugnot era más dilatada que la existente con el ingeniero suizo, pero aun así se analizaron ambas propuestas. La decisión final, que a nadie pilló por sorpresa, fue descartar el proyecto del ingeniero suizo y para 1769 Cugnot ya tenía lista su creación, un carro de vapor para transportar a 4 personas a 3,6 Km/h.

La autoría del primer carro a vapor es atribuida a Cugnot, pero esto no impide la posibilidad de existir artefactos previos que trataban de llegar al mismo objetivo. Este es el caso del carro de vapor diseñado por el castellano Ferdinand Verbiest, nacido en Flandes, durante su misión jesuita en Qing en 1672. A pesar de los intentos por atribuirle la invención del locomóvil, se ha de tener en cuenta que su artefacto a vapor cuenta con tan solo 65 cm de largo por lo que se trata realmente de una miniatura y no de un carro de vapor utilizable para transportar personas o mercancía. Como puede verse a través de la imagen izquierda, el funcionamiento de la miniatura consiste en el calentamiento de un depósito esférico de agua, que al producirse el cambio de fase a vapor, este es liberado por su parte superior moviendo una especie de turbina que a través de un engraneje cónico aporta tracción al eje trasero. Este sistema sienta las bases de una turbina de vapor y recuerda a la patente de John Barber de 1791. En la fotografía derecha se representa un dibujo del carro de vapor diseñado por Cugnot, donde en la leyenda de la ilustración se recurre al término "Locomotive" traducido al español como locomotora. La utilización de dicho término en lugar de locomóvil nos muestra la confusión en cuanto al uso de estos nuevos conceptos, al albor del nacimiento del ferrocarril y del automóvil.

El nuevo artefacto fue probado por su propio creador para deleite de sus acreedores, reportando unos primeros resultados satisfactorios. Todo ello a pesar del supuesto aspecto endemoniado y la cantidad de vapor que se expulsaba desde el interior de la caldera. Tal fue el convencimiento en estas primeras pruebas, que le fue encomendado a Cugnot fabricar un segundo modelo, el cual estaría acabado para julio de 1771. Gracias a esta segunda unidad del carro de Cugnot ha llegado a nuestros días esta invención, ya que, en una de las pruebas realizadas en la primera unidad, el artefacto terminó acelerándose sin control y echando humo sin parar. Esta situación obligó a Cugnot a saltar fuera del vehículo antes de que este se estampase contra un muro.

La segunda unidad que se conserva desde 1801 en el Museo de Artes y Oficios de París nos permite analizar los distintos componentes del vehículo. El chasis, carente de cualquier tipo de carrocería, cuenta con un bastidor macizo de madera de roble, con un eje trasero arrastrado de 2 ruedas y un eje delantero motriz y directriz que cuenta con una única rueda central. A todo este conjunto se le emplazó una banca localizada en el centro del vehículo, que cuenta con un manillar que permite comandar la dirección de la rueda delantera.


El accidente de Cugnot con su artefacto en 1770 acabó con el "carro de vapor" en unas condiciones que hacían muy complicada su reparación, por lo que se optó por achatarrarse. Una recreación del accidente puede verse en el lienzo de la fotografía izquierda. Gracias a la fabricación de una nueva unidad por parte de Cugnot, ha llegado a nuestros días un ejemplar en perfecto estado, el cual puede verse a la derecha y se conserva en el Museo de Artes y Oficios de París desde 1801.

Por otra parte, un grueso soporte de acero se une en voladizo al bastidor de madera por la zona delantera, a través de un eje vertical que atraviesa el chasis y el soporte de acero. En este soporte se apoya la enorme y pesada caldera de vapor, cuyo vapor se conduce hasta los 2 cilindros de bronce situados verticalmente entre la rueda y la caldera. Las medidas del interior de estos cilindros actuadores son de 325 mm de diámetro y 378 mm de carrera, arrojando una cilindrada total de 50 litros. A priori la cilindrada parece inmensa, pero se ha de tener en cuenta que los motores de combustión externa requieren de estos valores de cilindrada dada su bajísima potencia específica y más si cabe teniendo en cuenta la incapacidad de conseguir tolerancias adecuadas en las piezas en 1771… En cualquier caso, los pistones, bielas y cilindros fueron fabricados por las acerías y fundiciones de Lorena para su posterior montaje en el arsenal militar de París. Las bielas, de sección cuadrada, están unidas a 2 ruedas dentadas montadas a cada lado del eje de la rueda motriz.

En lo que respecta al movimiento del artefacto, en cada descenso de un pistón, por la entrada de vapor en la cámara de expansión, se producía el ascenso del pistón complementario por medio de un balancín, correspondiendo este movimiento a un cuarto de giro de la rueda delantera motriz. Este funcionamiento repetido de forma cíclica permite al vehículo desplazarse hasta que la caldera de vapor termina de evaporar toda el agua que contiene en su interior, permitiendo una autonomía de tan solo 15 metros. Por su parte, el llamado “carro de vapor" contaba también con un sistema de frenos de zapata en la rueda delantera.


La segunda unidad del "carro de vapor" de 1771 que ha llegado hasta nuestros días nos ha permitido analizar con detalle el funcionamiento del primer locomóvil de la historia. En la fotografía izquierda podemos ver todos y cada uno de sus componentes destacando el enorme volumen de la caldera de cobre, que permitía utilizar cualquier tipo de combustible como fuente de calor, desde carbón hasta leña. En la fotografía derecha se muestra una imagen de detalle de la parte delantera del carro con una única rueda motriz y directriz. El mando de la dirección actuaba directamente sobre la unión del voladizo de acero con el chasis de madera, permitiendo pivotar respecto de dicho punto. En la imagen derecha podemos ver la biela de uno de los pistones y una especie de brazo unido a un balancín en la parte superior que coordina los movimientos complementarios de cada biela. Esto es, mientras una se encuentra con el pistón en el PMS, la contraria se ha de encontrar con el pistón en el PMI. Analizando la unión de las bielas a las ruedas dentadas, puede verse como el mecanismo no es continuo, sino que se trata de una especie de mecanismo en el que la biela hace las veces de trinquete a la vez que empuja a las ruedas dentadas hacia abajo haciéndolas girar un cuarto de vuelta. En el movimiento de ascenso del pistón las bielas no transmiten ningún movimiento a las ruedas.

Para el año 1771 y con la segunda máquina de Cugnot lista para servicio en el ejército, el duque de Choiseul fue cesado como primer ministro del Reino de Francia y como consecuencia las siguientes fases del proyecto quedaron estancadas, sin interés de reanudarlas por parte de sus sucesores. Si a todo esto le sumamos la enorme inestabilidad política del Antiguo Régimen en Francia, el proyecto acabó quedando en nada, hasta la llegada de Napoleón en el año 1800 después de toda la etapa revolucionaria. En 1801 el carro fue encontrado en estado de abandono en un cobertizo y fue expuesto desde ese año en su actual emplazamiento.

Por su parte Cugnot, nunca dado a la extravagancia y la imagen pública, continuaría el resto de su vida sin poder recuperar el proyecto que le fue encomendado. Por desgracia este tipo de situaciones en las que la política, y en este caso la Revolución Francesa de 1789, se entremezcla con los primeros pasos del automóvil ha sido la tónica general, llevando a las naciones a no poder desarrollar y hacer crecer a estos nuevos y motorizados inventos. Aun así, hay que tener en cuenta que la motivación de Cugnot tomaba como referencia inicial la ya existente máquina de vapor y resulta también muy interesante su procedencia de la región de Lorena.

Esta región, actualmente francesa, concentra junto con su vecina Alsacia uno de los mayores recursos de antracita en Europa. Por tanto, es lógico pensar sin errar que en dichas regiones el interés en las máquinas de vapor y en la extracción de carbón de las minas es bastante alto. Así, la población del siglo XVIII, que rara vez ha salido del feudo y reside en dichas zonas, cuenta con un conocimiento y unos intereses fundamentados en aquello que han visto durante prácticamente toda su vida. De esta forma, resulta lógico pensar que allí donde la actividad industrial del carbón fuese más importante, es más probable que surjan nuevas ideas relacionadas con el nacimiento del automóvil. Si en Francia la inestabilidad política no permite su expansión, es factible que un país más estable socialmente y con una densa concentración de carbón sea el siguiente en tomar el relevo.


A la izquierda una fotografía de las minas de distintos elementos de la tabla periódica en Francia, destacando las minas de carbón en la frontera con los Países Bajos Austríacos y en la frontera con el Ducado de Württemberg a finales del siglo XVIII. Esta última cuenca minera se encuentra en el departamento de Lorena y aparece marcada con un circulo verde alrededor de la C en el mapa. En la fotografía derecha una imagen de los recursos mineros de carbón en las islas británicas. En el siglo XVIII y XIX ambas islas al completo formaban parte de Gran Bretaña.

Trevithick, el Puffing Devil y la primera locomotora a vapor

La deducción entorno a las reservas de carbón nos lleva hasta el Reino Unido, país que ha pasado a la historia como el epicentro de la II Revolución Industrial, en la que el mundo pudo presenciar el nacimiento de la primera locomotora a vapor de la historia. Introducirnos en este hito histórico nos lleva a toparnos con el primer bulo extendido socialmente, por el que se atribuye dicha invención a George y Robert Stephenson en 1829. La locomotora presentada por padre e hijo con el nombre de Rocket fue capaz de reunir grandes avances tecnológicos e incluso de contar con un ancho entre ruedas de un mismo eje de 1435 mm, ancho considerado hoy día por la UIC como el ancho de vía internacional. Sin embargo, tan célebre y eficiente material rodante no tuvo el honor de ser el primero, sino que tenemos que remontarnos más atrás en el tiempo y ligarlo a la expansión del locomóvil recién inventado por Cugnot.

Hasta finales del siglo XVIII, la máquina de vapor, que supuso el chupinazo de la I Revolución Industrial, contaba con un funcionamiento que permitía seguir los principios y postulados termodinámicos del ciclo de Rankine en ciclo abierto. Este ciclo implementado en una máquina de vapor muestra como el agua en estado líquido es conducida desde el depósito de agua hasta la caldera de vapor, en la cual a una elevada presión y temperatura se consigue el cambio de fase que permite la formación de vapor. Posteriormente dicho vapor se conduce hasta el sistema de trasformación de energía, donde un sistema de biela-manivela convierte la energía química en mecánica. El vapor, tras su cesión energética en forma de presión y temperatura a los cilindros, terminaba expulsándose por el escape de estos.


Erróneamente considerada como la primera locomotora de la historia, la locomotora Rocket de 1829 puede verse en la fotografía de la izquierda. A la derecha el diagrama T-s del ciclo de Rankine en ciclo cerrado, utilizando agua como fluido de trabajo. El ciclo, interpretado en ciclo abierto, está constituido por 5 etapas, en primer lugar se toma el agua en estado líquido de un depósito y se bombea hasta la caldera (3-4) incrementándose muy levemente su temperatura durante el proceso. Tras el bombeo, el agua entra en la caldera y comienza a elevar su temperatura a presión constante (4-5), al llegar a las condiciones de líquido saturado a la temperatura máxima de la caldera, comienza el proceso de transformación en vapor a temperatura y presión constantes (5-1). En este momento el vapor es extraído de la caldera y conducido al sistema de transformación de energía térmica en mecánica, mediante la utilización de cilindros de expansión. Tras transferir toda la energía en forma de presión y temperatura, el vapor es liberado a la atmósfera en el caso de un ciclo abierto como el que estamos tratando. El diagrama de la fotografía termina de cerrar el ciclo entre los puntos 2 y 3, que corresponden con la etapa de condensación en el caso de realizarse un ciclo cerrado. Así, en ese caso todo el vapor condensado volvería al depósito de agua y sería recirculado para realizar de nuevo todo el ciclo de Rankine. Si se compara con el ciclo ideal de Carnot, el rendimiento teórico de Rankine es mucho menor al perderse todo el área encerrado por la etapa isentrópica e isoterma entre el punto 4 y 5 a través del punto 4´. Por tanto, cuanto mayor es la temperatura de la caldera y la presión del circuito a priori puede incrementarse el rendimiento, tal y como Trevithick demostraría en 1802. Sin embargo, si se incrementa aún más la temperatura y presión hacia la Temperatura Crítica (Tc), el rendimiento teórico de Rankine se aleja del ideal de Carnot produciéndose una reducción en la eficiencia energética de la máquina de vapor.

Analizando el ciclo de Rankine en su modalidad de ciclo abierto, puede verse que la eficiencia energética puede incrementarse levemente si se consigue algo más de presión en el vapor de la caldera. Para ello se requiere evidentemente una mayor cantidad y mejora de la calidad de la materia prima que caliente la caldera, esto es, el carbón, y por otro lado una mejor resistencia estructural y sistemas de control y mando de la caldera. Este último aspecto fue el gran salto que supuso la llegada de la primera máquina de vapor de alta presión, desarrollada por Richard Trevithick en su patente de 1802.

Este ingeniero de Cornualles, famoso por sus grandes dotes como levantador de pesos pesados, pasó toda su vida en la industria minera de Inglaterra y de Gales. Sería precisamente en la mina de East Stray Park cuando comenzó a dar rienda suelta a su creatividad, desarrollando un locomóvil de 4 ruedas en 1801 al que él mismo bautizó como Puffing Devil. El vehículo fue presentado en la Nochebuena de ese año causando el revuelo y expectación que Trevithick buscaba.


El Puffing Devil de Richard Trevithick corrió la misma suerte que la primera unidad del carro de vapor diseñada por Cugnot, con el añadido de que en el caso del Puffing Devil no se construyó una segunda unidad por parte de su inventor. Aun así, al ser el primer locomóvil de la historia que fue patentado en 1801, se cuenta con planos y documentación de la patente como la fotografía de la izquierda. En la actualidad gracias a dicha patente se ha construido una réplica que puede verse en la imagen de la derecha. El artefacto es cuanto menos ingenioso al contener una caldera de grandes dimensiones que ocupa casi todo el espacio. En la parte delantera se encuentra la chimenea de los gases de escape de la caldera, la compuerta de carga de la misma y la timonería que guía las ruedas delanteras mediante reenvíos y ningún tipo de geometría de Ackermann, de forma que en las curvas se produce el arrastre de la rueda exterior. En la parte trasera del carro se encuentra el depósito de agua en posición vertical y un marco rectangular que une la biela del pistón vertical, introducido dentro de un cilindro dentro de la caldera, con las ruedas delanteras. De esta forma, el marco completo actúa como una manivela de grandes dimensiones que mueve las ruedas delanteras de forma continua. El aparato además contaba con dos volantes de inercia movidos por cada rueda trasera y un sistema de control del caudal de vapor que entraba al cilindro de expansión, para regular así la velocidad del artefacto y evitar que se embale. 

Desde luego, en línea con la relación cronológica que se está siguiendo, el Puffing Devil no era el primer locomóvil de la historia, pero con el permiso de Cugnot si podemos considerar que fue el primero en ser patentado y presentado ante la población. Además, la elección de tan señalado día pone de manifiesto la voluntad de hacer propaganda de la nueva creación, hasta tal punto que se realizó una ruta de exhibición entre dos aldeas cercanas en Cornualles. Las expectativas y el factor sorpresa surtieron su efecto y las 6 personas que viajaron en él acabaron convenciendo a más gente, hasta tal punto que llegó a estar tres días funcionando de forma recreativa.

Por desgracia, es precisamente este tercer día y debido a una negligencia durante su uso, cuando el vehículo quedó inservible tras un incendio y decidió achatarrarse. Sin embargo, a la gente le había gustado el nuevo juguete, era divertido, disruptivo y podía ayudar a los operarios a entrar y salir de la mina en la que trabajaba Trevithick. Se veía, por tanto, como una máquina de uso limitado para el trabajo o incluso con fines lúdicos y expositivos. Nadie lo veía como un elemento sustitutivo de los caballos y sus carros, nadie contemplaba que el correo o una mera diligencia de caballos fuese sustituida por este nuevo artefacto…

Ante esta visión tan cerrada y constreñida del vehículo, Trevithick estaba listo para dar el siguiente paso y conseguir irrumpir en el mundo del transporte, demostrando la capacidad y versatilidad de este nuevo invento. Para ello, este ilustre ingeniero solo tardaría un año en desarrollar el primer vehículo dotado de una máquina de vapor de alta presión, encargada de aportar la suficiente potencia como para poder extraer el carbón de una mina de Gales. Con ello se remplazaba la tracción de sangre en unas condiciones de trabajo muy complicadas para los animales de carga y además se implementaba un novedoso sistema de control de la dirección del locomóvil. Así, se optó por colocar dos carriles de acero separados entre sí y unidos al suelo, sobre el que posteriormente las ruedas de acero del nuevo vehículo pudiesen traccionar y guiarse. El motivo de este cambio, yace en la precisión y simplicidad del autoguiado de las ruedas, similar conceptualmente al eje delantero de los carruajes de caballos, pero guiadas por los nuevos carriles de acero y no por el movimiento de la tracción de sangre.

La primera locomotora a vapor de la historia fue patentada por Richard Trevithick en 1803, tras patentar la primera máquina de vapor de alta presión en 1801. Así, en la historia del transporte terrestre se puede afirmar que en primer lugar se concebió el locomóvil en 1769, después se patentó en 1801 y finalmente se concebió y patentó el ferrocarril en 1803. El nacimiento de la primera locomotora de la historia, que puede verse en ambas imágenes, también trajo consigo la primera infraestructura de vía férrea de la historia.

Un sistema de guiado mediante reenvíos había sido concebido para el control mediante timonería del eje delantero en el Puffing Devil, pero sin contar con un mecanismo de guiado basado en la geometría de Ackermann. A pesar de haber sido desarrollada dicha geometría siglos atrás, su utilización no estaba extendida aún en el sector del transporte. Consecuentemente, el desarrollo de un sistema de guiado de las ruedas directrices que cumpliese esos postulados no estaba entre las prioridades de los carroceros ni de los inventores de locomóviles, como había sido el caso de Cugnot, que preferían recurrir a una única rueda delantera para resolver y simplificar el guiado de sus locomóviles. En cualquier caso, con este nuevo vehículo desarrollado por Trevithick en 1803, no solo se había gestado la primera locomotora de la historia, sino también la primera línea de ferrocarril.

Este nuevo hito contó con una sonora publicidad, vendiendo incluso Trevithick la patente a un empresario, el cual quiso realizar una competición en la mina para comprobar la potencia y máxima carga capaz de ser arrastrada por parte de la locomotora. Por desgracia, aunque ganaron la apuesta y competición, debido al peso de la última prueba de carga se deformaron los carriles de la vía quedando totalmente inutilizados. De nuevo, la gesta lograda por el ingeniero de Cornualles había dado pie una experiencia de gran entretenimiento, así como una muestra del gran potencial del nuevo ferrocarril para el transporte de mercancías.

Otra consecuencia de este hito es el interés por parte de la aristocracia en incentivar el desarrollo del recién nacido ferrocarril, llegando a financiar proyectos como el de la familia Stephenson. Esto supondría el pistoletazo final para convertir a Reino Unido en el país referente de la II Revolución Industrial, del nuevo medio de transporte de mercancías que suponía el ferrocarril y posteriormente la concepción de este mismo medio para transporte colectivo de personas.

Sustituyendo al caballo por los locomóviles

Paralelamente a ese boom que supuso el ferrocarril, Trevithick no paró de desarrollar nuevos inventos y consagrar un nuevo modo de transporte. Desde su visión como inventor, determinó que, igual que el transporte a vapor podía guiarse a través de unas vías, la evolución de su antiguo Puffing Devil podría seguir el mismo camino que el ferrocarril. Es por ello que opta por mejorar su concepto de locomóvil, dotándolo de una máquina de vapor de alta presión y una carroza para albergar a 4 personas más un chofer. Se había consagrado el primer transporte colectivo de personas que buscaba sustituir a los carruajes de caballos en los caminos e itinerarios de diligencias. El nuevo locomóvil recibiría el nombre de London Steam Carriage siendo patentado y presentado en 1803.

El London Steam Carriage supuso un gran salto respecto al Puffing Devil, al prescindirse del impreciso sistema de dirección y optarse por una única rueda delantera directriz, al contarse con un habitáculo para más de 2 pasajeros bastante cómodo y al equiparse por primera vez con una sistema de alta presión como el de la primera locomotora concebida en 1802. De todas formas, aunque dichas novedades supusieran un gran avance, la mayor peculiaridad yace en el diseño estético y funcional del locomóvil, ya que por primera vez sigue la estela de los carruajes a caballo con el chófer en la parte delantera y el habitáculo, carrozado por William Felton, bajo cubierta detrás. En la fotografía izquierda puede verse un dibujo coloreado sobre el plano original extraído de la patente del London Steam Carriage de 1803. En este dibujo se muestra la caldera seccionada que contiene el cilindro de expansión en su interior con una biela de gran longitud. De nuevo, al igual que con el Puffing Devil, no existe ningún ejemplar superviviente en la actualidad. Aun así, gracias a la patente de Trevithick se ha construido una réplica que puede verse en la imagen derecha.

El artefacto contaba con 3 ruedas, siendo la rueda delantera directriz mediante el uso de un timón accionado por el chofer del carruaje. La utilización de una única rueda contrasta con la solución heredada y adaptada de los carruajes de 2 ejes implementada en el Puffing Devil, pero permite incrementar el peso del vehículo sin incurrir en errores de guiado de la timonería y de nuevo se prescinde de recurrir a complejos sistemas que cumplan la geometría de Ackermann. Por su parte, las dos ruedas traseras motrices contaban con un significativo mayor tamaño para facilitar el incremento de par disponible para traccionar.

En lo que al grupo propulsor se refiere, la caldera de alta presión se localizaba en el voladizo trasero justo detrás del volante de inercia. Dentro de la caldera se albergaba el sistema de transformación de la energía térmica en energía mecánica, mediante un ingenioso diseño de la caldera que transfería el calor directamente al fluido de trabajo del cilindro, en cuyo interior se encontraba el pistón y la biela. Este grupo tan compacto permitía reducir el espacio requerido para el motor de combustión externa de vapor. Por su parte, la biela de gran longitud se conectaba a la manivela mediante un bulón que realizaba un deslizamiento longitudinal limitado a una única dirección, motivando que la biela no pudiese girar en ningún momento. La manivela por el contrario no podía desplazarse en ninguna dirección, al encontrarse conectada por el lado contrario a un eje, solidario a dos ruedas dentadas y acopladas en cada extremo del mismo. De esta forma, la manivela giraba respecto del centro del bulón y permitía hacer girar al eje, a las dos ruedas dentadas y al volante de inercia. Finalmente, el movimiento giratorio era transmitido por cada rueda dentada a otra de mayor tamaño y acoplada a cada rueda del eje trasero motriz.

Con la presentación del London Steam Carriage en 1803, Trevithick causó más expectación aún que en 1801 con el Puffing Devil. Esto se debe en primer lugar a su reconocimiento y popularidad como inventor tras la presentación de su anterior locomóvil y sobre todo a la decisión de Trevithick de presentar su nuevo invento en Londres, con una mayor repercusión y presencia de personas. Con todo ello, la impactante presencia del artefacto en la ciudad inglesa causó interés por parte de un gran número de curiosos, realizando Trevithick varias pruebas con diversos viandantes contando con el inventor como chofer del vehículo. Gracias a ello y como si de una atracción de circo se tratase en la que el payaso empieza a dar datos sorprendentes para alentar al público, se midió la velocidad máxima en llano de 14,5 Km/h en condiciones de máxima carga de viajeros en el carruaje, registrándose un peso de 1520 Kg.


A la izquierda una réplica de la primera locomotora de vapor de la historia en funcionamiento. A la derecha un retrato de Richard Trevithick, levantador de pesos pesados e ingeniero de Cornualles.

Las risas por el esperpéntico ruido y por el impacto que supuso la estética del artefacto, crearon un ambiente jocoso que recordaba en gran medida al orquestado durante la presentación del Puffing Devil. A pesar de ello, las risas y la emoción de Trevithick duraría poco al terminar incendiándose de nuevo su artefacto en extrañas circunstancias tras la presentación. En cualquier caso, aunque hoy en día solo queden restos de los planos de la patente, el London Steam Carriage había sentado por fin una nueva tendencia. El eco que una ciudad como Londres suponía, animó a la aristocracia y burguesía inglesa a tratar de sustituir las diligencias a caballo por locomóviles de vapor que siguiesen la estela sembrada por Trevithick.

Pronto nuevas empresas de locomóviles empezarían a crecer como la pólvora, desarrollando nuevas carrocerías adaptadas al transporte colectivo de personas, como es el caso de la Enterprise Steam, de la Birmingham Steam Coach de William Church o el locomóvil de 3 ejes presentado en 1826 por Goldsworthy Gurney. El locomóvil empezaba a sustituir a la tracción de sangre para realizar las rutas entre grandes ciudades como Londres, Bath, Birmingham y Paddington e incluso llegaba a cruzar fronteras.


Las diligencias a caballo con el paso del siglo XIX empezaban a ser sustituidas por las nuevas diligencias de vapor, con nuevas compañías que recurrían a locomóviles de hasta 3 ejes como el de la imagen izquierda de una diligencia de Londres a Bath. Otros inventores como William Church concibieron un nuevo diseño de locomóvil, que se acerca bastante a una optimización del diseño de un omnibus con el fin de incrementar el número de plazas de pasajeros. La fotografía derecha muestra una de estas diligencias a vapor entre Londres y Birmingham. Aunque la irrupción de los locomóviles en el transporte colectivo de personas supusiese un gran salto, se ha de tener en cuenta que los impuestos que habrían de pagar estas diligencias duplicaban en la mayoría de los casos a aquellos que pagaban las diligencias a caballo que realizaban las mismas rutas.

Lo más llamativo en dicha expansión internacional de este nuevo modo de transporte yace en el enfoque cultural con el que es recibido en cada país. Por ejemplo, en el caso del Reino Unido su país de origen, hemos visto como el locomóvil supone una nueva modalidad de transporte colectivo de personas y de envíos de postas. Sin embargo, aunque fuera la propia aristocracia la que lo promocionase con estos fines, no era visto como un medio de transporte individual para la propia aristocracia. Esto desde luego ahonda en la conciencia social y en las tradiciones de cada país, destacando el conservadurismo formal de la sociedad inglesa que prefería seguir recurriendo a las carrozas como símbolo de nivel social y de clase privilegiada.

El caso de un país como Francia que había pasado recientemente por la guillotina a su rey y que había contado con periodos revolucionarios en los que la pequeña burguesía había conseguido usurpar el poder a la aristocracia, la conciencia social y en definitiva las clases sociales se encontraban más difuminadas con su pasado nobiliario. La nueva burguesía no ligada prácticamente al Antiguo Régimen era más receptiva a los cambios y al progreso de la sociedad. Este contexto motiva que la recepción del locomóvil en el país galo fuera muy diferente a la acontecida en el Reino Unido. De esta forma, el locomóvil se convirtió no solo en un nuevo modo de transporte colectivo de personas, sino muy especialmente en una forma de transporte individual con la que representar la clase social y el progreso por parte de la burguesía.

En este contexto tan progresista aparecerían las primeras marcas de locomóviles para uso y disfrute de las clases altas como Amédée Bollée y la prestigiosa De Dion-Bouton. Los carroceros franceses encargados de dar forma a las carrozas de caballos desde hacía siglos pasaban ahora a conformar nuevas carrocerías, que permitiesen adaptar los carros para la implementación de una caldera, un depósito de agua y una zona de carga de carbón.

El "regreso" del locomóvil a Francia, desde el Reino Unido, fue sin lugar a dudas a través de la revolución del transporte colectivo de personas, pero pronto se dio pie al desarrollo de los primeros locomóviles para uso y disfrute individual. Este es el caso del locomóvil La Mancelle de 1878 de la marca Amédée Bollée, que puede verse en la fotografía izquierda en el salón de Rétromobile de París en 2016. El carro de vapor cuenta con un puesto para el chofer sin cubierta, 2 plazas con capota y un apartado trasero para un operario encargado de controlar la cantidad de combustible que se ha de aportar a la caldera. En la fotografía derecha, ya en 1883, se muestra el primer locomóvil de la prestigiosa marca francesa De Dion-Bouton. En este caso vemos un nuevo concepto de tamaño mucho más reducido, más bajo y con solo 2 asientos confirmando la tendencia de convertir al locomóvil en un medio de transporte individual. El conde De Dion y su mecánico Georges Bouton serían dos figuras de gran importancia para el futuro del automóvil a finales del siglo XIX.

Otros países como EEUU, también con una reciente revolución e independencia a sus espaldas, acogerían a los locomóviles de forma similar a la que Francia lo había acogido. Sin embargo, en el caso de los reinos de Piamonte-Cerdeña o el entorno comercial del Zollverein, liderado principalmente por el Reino de Prusia, no recibirían con gran entusiasmo el nuevo modo de transporte. Esto se fundamentaba en diversas razones destacando la heterogeneidad cultural de dichos pueblos y su escasa comunicación entre ellos más allá de acuerdos comerciales. Dicha falta de comunicación dificulta la expansión del locomóvil al no contarse con una alta demanda de transporte. Además, sus sociedades se encontraban interesadas en otros temas de mayor impacto en la vida diaria, como el desarrollo industrial de estos reinos y principados de pequeña extensión geográfica o el auge de los nacionalismos congregadores a nivel político, frente a la irrupción de un nuevo modo de transporte.

En lo que respecta a otros reinos de Europa con mayor extensión geográfica, el Imperio Austrohúngaro o el Reino de las Dos Sicilias se encontraban en un nivel de desarrollo social todavía enmarcado en el Antiguo Régimen con una economía predominantemente agraria y alejada de las Revoluciones Industriales que había traído consigo el Nuevo Régimen. Es lógico que en un territorio donde aún impera el modelo feudal, el transporte colectivo de personas carezca de interés por parte de la nobleza. Esta a su vez, contraria a las olas revolucionarias tampoco abrazaba cambios a nivel de transporte o de industria. Aun así, con la llegada de las Revoluciones Liberales en la década de los años 10 y 20 del siglo XIX algunos países comenzaron a recibir la llegada del Nuevo Régimen y con él los desarrollos tecnológicos subyacentes. Este es el caso del Reino de España, donde en la ciudad de Valladolid se registraría el primer locomóvil de la historia del país con el nombre de Castilla en 1860. Sin embargo, la alta inestabilidad política y social española copaban los recursos económicos y mediáticos restándose interés en este locomóvil. El nuevo artefacto había sido gestado para el transporte de mercancías hasta aquellos lugares donde el ferrocarril no pudiese llegar.


La llegada del locomóvil a otros paises no contó con la misma aceptación que en Francia, EEUU o Reino Unido, este es el caso de la diligencia a vapor que se muestra en el cuadro de la fotografía izquierda de 1881 en Alemania. En otros paises como España el locomóvil dio sus primeros pasos en 1860 con el Castilla, el cual puede verse en el dibujo de la fotografía derecha.

El cruce de intereses entre el ferrocarril y los locomóviles

Ante esta expansión por Europa como si de una epidemia se tratase, pronto empezarían a llegar los problemas y más precisamente en el Reino Unido. La sustitución de la tracción animal y la comodidad de estas nuevas máquinas se veía lastrada por el estruendo que causaban, al llegar a las ciudades y aldeas por las que iba circulando. Los animales domésticos y los caballos se revolucionaban de tal manera que en muchos casos terminaban escapándose o incluso en ocasiones teniendo problemas de estrés. Los viandantes, por su parte, no estaban acostumbrados a la presencia de este tipo de vehículos ni a su ruido y sobre todo velocidad. El ambiente en las calles en la década de los años 50 del siglo XIX, comparado con aquel Londres de 1803, se había tornado insoportable.

Por si esto fuera poco, el mayor de los problemas yacía en la competencia entre los dos nuevos modos de transporte, el locomóvil y el ferrocarril, que luchaban por sustituir a la tracción de sangre. Es verdad que esa enorme competitividad ayudó a ambos a expandirse más rápidamente frente al uso de caballos y animales de carga, pero la fratricida lucha entre los dueños de las empresas de ferrocarril y de transporte de locomóviles empezaba a decantarse a favor del ferrocarril. A fin de cuentas, el estado de la red viaria era bastante nefasto al seguir utilizándose los caminos de herradura que otrora utilizaban las diligencias, frente al ferrocarril que realizaba sus desplazamientos en una red ferroviaria de alta calidad y confort de rodadura. Además, la posibilidad de crear negocio e intermediarios en el mundo de los locomóviles era más reducida que en el mundo del ferrocarril, aunque, si cuenta con una mayor adaptabilidad al terreno.

Ambas imágenes ilustran sendas caricaturas del siglo XIX, a la izquierda puede verse una explosión de una diligencia a vapor, volviendo locos a los viandantes y animales con los que compartía ruta. A la derecha la caricatura nos muestra la concentración de hollín en la atmósfera, debido a los gases de escape procedentes de las calderas de carbón de las diversas diligencias que aparecen. Resulta llamativo que en la caricatura no aparece ninguna locomotora o composición de tren, como si estas no dejasen un penacho de humo a su paso por las estaciones y poblaciones.

Con todo ello, la amenaza que suponía esa adaptabilidad al terreno del locomóvil frente al tren llevó a la burguesía, más interesada en sacar un rédito económico del ferrocarril, a poner palos en las ruedas constantemente al desarrollo del locomóvil. En primer lugar, la prensa satírica comenzó a realizar viñetas de los locomóviles asustando y volviendo locos a los animales allí por donde pasaban, para tratar de forzar la opinión pública hacia sus intereses. Por otro lado, comenzaron a producirse enjuiciamientos contra las empresas y diseñadores de locomóviles debido a los accidentes de tráfico, teniendo incluso el propio Trevithick que comparecer en varios juicios. En la mayoría de las ocasiones se acababa demostrando que los conductores de diligencias a caballo, que veían amenazado el futuro de las empresas en las que trabajaban, o personas relacionadas con el sector del ferrocarril incurrían en sabotajes en los caminos de postas y diligencias con el objetivo de provocar accidentes. Uno de los casos más sonoros fue el accidente de una diligencia en 1831, cuando empleados de una empresa de diligencias a caballo colocaron piedras en el camino provocando el vuelco de un locomóvil.

Con este ambiente poco acogedor el asunto terminó escalando a la política, encarnando el Partido Liberal una feroz campaña contra los locomóviles y a favor del ferrocarril. Varias iniciativas provenientes de la Cámara de los Comunes empezaron a restringir y limitar el uso de los locomóviles a finales de la década de los años 50 y principios de los años 60 del siglo XIX. Todo ello a pesar de que los accidentes en el sector del ferrocarril empezaban a hacerse eco en aquel momento, con descarrilamientos de unidades de tren que acaban con la vida de varios pasajeros. Accidentes como el de la Estación de Tottenham en 1860 constatando decenas de heridos y 2 muertos, o el que tuvo lugar en 1861 en la línea de Londres a Brighton parecían no tener el mismo eco en la prensa y opinión publica frente a los accidentes de los locomóviles.


A la izquierda un cuadro representativo de la Estación de Tottenham en 1860, donde puede verse a la gente abrazando a familiares y conocidos tras el accidente de ferrocarril en el que hubo varios heridos y 2 muertos. A la derecha otro accidente ferroviario en 1898 en Staplehurst en el que Charles Dickens resultó herido.

Para terminar de asentar esta doble vara de medir, el mayor mazazo llegó en 1861 cuando una diligencia londinense alteró con su humo a los caballos de una diligencia de tracción de sangre que se encontraba situada junto a ella. Como consecuencia de la alteración de los caballos, el carruaje volcó y los pasajeros emplazados en su interior acabaron reportando varias heridas y fracturas. El incidente rápidamente escaló a la opinión pública a través de la prensa, despertando una alarma social y política que acabó dando pie a una iniciativa parlamentaria contra los locomóviles entre 1861 y 1865.

La nueva ley, con el nombre de Locomotive Act, establecía que las diligencias de locomóviles no podrían superar los 6 Km/h y habrían de circular con un guardia delante que portase una bandera roja según iba caminando en toda la ruta. Esto en definitiva fue la sentencia de muerte de este modo de transporte y la concentración de toda la demanda sobre el ferrocarril. Resulta llamativo el papel que desempeñó en todo esto el primer ministro Lord Palmerston y su gobierno liberal, con su relación y pertenencia a empresas del ferrocarril, inaugurando incluso la primera línea de metro de Londres en 1863. Muchas empresas de carruajes de vapor terminaron reinventándose o incluso desapareciendo y en el caso de Trevithick la pobreza llamaría a su puerta, acabando sus últimos días en la calle y en una tumba sin nombre.

Por desgracia, este incidente lastraría al Reino Unido durante décadas en su carrera hacia la concepción del automóvil. Así, el locomóvil perdería apoyos en el país que lo vio nacer y lo transformó en una alternativa real de transporte. Países como Francia pasaban ahora a retomar ese progreso del transporte alternativo al ferrocarril y a la tracción de sangre, pero la aceptación social de los locomóviles no terminaba de cuajar incluso en el país galo. Los sectores más rurales se seguían quejando del estruendo, humo y alteración de los animales de trabajo con los que compartía calles y rutas. Además, la complejidad de control y manejo del sistema de alta presión y la caldera, en manos de conductores no acostumbrados a este tipo de innovaciones, terminaba provocando recelos frente al simple sistema de tracción animal.


Ambas imágenes muestran a una persona a pie andando con una bandera roja en mano, a la izquierda la caricatura representa el daño para viandantes y animales que suponía la llegada de los locomóviles a las distintas poblaciones por las que pasaba durante su ruta. A la derecha una recreación de la circulación de una apisonadora de vapor de acuerdo con la Locomotive Act de 1865. En virtud de dicha ley, cada locomóvil tenía que ser acompañado por un conductor, un fogonero y un hombre a 6 Km/h andando 55 m por delante con una bandera de color rojo.

Llegados a este punto de la historia podemos ver como la gestación del locomóvil cuadra perfectamente con la definición de automóvil de acuerdo con la RAE en 2008 y que se ha comentado al inicio de este artículo. Por tanto, agarrándonos a dicha definición podemos determinar que el primer concepto de automóvil nace con la concepción de los primeros locomóviles y más especialmente en Francia con el carro de vapor de Cugnot en 1769. Aun así, aunque ya en el siglo XIX el locomóvil había llegado para quedarse como sistema más eficiente, económico y rápido de comunicación entre ciudades frente a los caballos, las complejidades con las que venía acompañado no ayudaban a su expansión. Un panorama como el descrito revela un perfecto caldo de cultivo para un inventor nato, que pudiese resolver los problemas y desafíos de los locomóviles. Lo realmente llamativo de esto es que a pesar de ser Francia el claro favorito para consagrar un nuevo invento revolucionario en la historia del automóvil, fue otro país o mejor dicho Reino el que tuvo el honor de contar con este privilegio… Así, la gestación del primer motor de combustión interna se convierte en el próximo paso que dará pie a un nuevo concepto de automóvil, el cual dejaremos para otra ocasión…


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