-->

Benz

El triciclo que nació para consumar un matrimonio.

Mercedes

El pedido rechazado a un consul austrohúngaro.

Mercedes-Benz

La unión de la posguerra.

Otras marcas

Marcas pioneras en automoción

Historia de las marcas automovilísticas

El desarrollo de una máquina diseñada por y para el hombre.

viernes, 29 de marzo de 2024

Más de medio siglo domando turbocompresores

Quizá las guerras sean los acontecimientos históricos más detestados con los horrores y destrucción que dejan tras de sí. La crueldad y la maldad se adueñan de las mentes de los individuos, para pelear por una causa que obedecen de forma romántica sin siquiera conocer la verdad que hay detrás de ella. Los tanques, las bombas, los misiles y demás artefactos de guerra son una clara muestra del esperpento al que la mente humana puede llegar con el fin de defender su superioridad moral frente a otra causa, que piensa en el fondo de igual manera.

Esta conclusión sobre la guerra es la que popularmente se tiene sobre conflictos de gran envergadura geopolítica como la 2ª guerra mundial. Sin embargo, al margen de su legado en bajas civiles y de ciudades devastadas en Europa, grandes avances en el campo de la ingeniería sientan sus bases durante dicho lustro de los años 40. Los avances en tecnología nuclear son los más conocidos junto con los misiles balísticos V1 y V2 alemanes, pero los avances a nivel de propulsión aeronáutica serían quizás los que más impacto han tenido en la carrera espacial que se inició en la posguerra y sobre todo el desarrollo de las turbomáquinas para aviones comerciales.

Este último avance empezó a cuajar durante los años 50 y esa nueva tecnología de propulsión se intentó implementar en el automóvil, tal y como se trató en el artículo sobre las turbinas de gas. Al albor de la moda aeroespacial, se retomaron las ideas de Alfred Büchi y Lluis Renault recurriendo a nuevos diseños de turbinas y compresores centrífugos que permitían reducir el tamaño de estos grupos con el fin de poderlos implementar en motores de 4 tiempos. De esta forma, en 1962 sale al mercado el primer automóvil con turbocompresor, el Oldsmobile Jetfire.

Cartel publicitario en el que se muestran las ventajas de la implementación de los turbocompresores en motores diesel estacionarios. Destaca la reducción del consumo y la disminución de dimensiones del motor para poder obtener las mismas cifras de par y potencia. En la foto es llamativo el enorme espacio que requiere el compresor ya que al ser de tipo axial se necesitan muchos escalonamientos para poder conseguir aumentar la presión de la admisión.

Oldsmobile y Chevrolet, los primeros pasos de los turbocompresores

La mayoría de nuevas propuestas rupturistas que desarrollaba General Motors pasaban a ser testeadas en el mercado bajo la marca Oldsmobile. Este “modus operandi” fue muy utilizado por diversos trust, como es el caso de Fiat con Autobianchi en Europa, y suponía una reducción drástica de los riesgos de imagen de las marcas principales del grupo en caso de que la acogida en el mercado no fuese satisfactoria.

Una nueva tecnología de propulsión como es el turbo suponía un riesgo muy importante para la credibilidad de GM, por lo que la decisión de sacar al mercado este tipo de sobrealimentación a través de Oldsmobile fue una decisión acertada. Sin embargo, pocas semanas después sale al mercado el Chevrolet Corvair Monza Spyder Turbo mostrando la seguridad que tenía el trust en este nuevo invento revolucionario. A pesar de que ambos coches son hijos de los mismos padres y que el turbocompresor implementado en ambos era el mismo, la gestión de este sistema de sobrealimentación era sutilmente distinta.

Fotografía de una vista seccionada del motor Boxer del Chevrolet Corvair Monza Spyder Turbo en el que se puede observar todo el grupo de sobrealimentación colocado en la parte superior del motor. El aire entra al filtro de aire circular de arriba a la izquierda, se conduce al carburador donde se produce la mezcla y se comprime seguidamente en el compresor centrífugo. De dicho compresor salen los dos tubos de admisión respectivos a cada bancada para abastecer los cilindros. La turbina centrípeta por su parte se encuentra al lado derecho del compresor evacuando los gases de escape por el lado derecho.  

Tal y como se comentó en el artículo sobre los inicios de la sobrealimentación, uno de los mayores problemas a los que se enfrentaba esta tecnología es la posibilidad de llevar el motor de encendido provocado a la zona de picado. Este fenómeno no se tuvo en cuenta en la propulsión con motor trasero del Corvair, a consecuencia de esto tendía a sobrecalentarse con frecuencia y muchas unidades tuvieron problemas de picado de biela y microperforaciones en las cabezas de los pistones. El Jetfire, por su parte, contaba con un novedoso sistema que utilizaba una válvula de membrana.

En la fotografía de la izquierda se puede ver el sistema de sobrealimentación del V8 del Jetfire guardando muchas similitudes con el del Corvair Monza Spyder Turbo. La mayor diferencia yace en la introducción del fluido Turbo-Rocket que permitía aumentar la capacidad antidetonante de la gasolina mezclada previamente con el aire en el carburador. En el lado del escape destaca la existencia de una válvula waste-gate que permite anular el paso del escape por la turbina y mandarlo directamente al tubo de escape. Dicha válvula de membrana se puede ver a la derecha del eje pintado en verde en la fotografía de la derecha.

Este mecanismo cortaba la entrada del gas de escape en la turbina y desviaba los gases directamente al tubo de escape, al detectarse en un manómetro acoplado en la turbina un valor de presión superior a la de soplado. Este fue por tanto el primer sistema de control del overboost mediante la utilización de una válvula waste-gate. A consecuencia de esto, el Rocket-Engine del Jetfire no entraba en zona de picado y además, gracias a la colocación en el eje delantero del motor a diferencia del Corvair, este no tenía tendencia a sobrecalentarse.

Más allá de esta sutil diferencia en los turbos, las ventajas de este sistema se pusieron rápidamente sobre la mesa, ya que por ejemplo con el motor V8 atmosférico el Jetfire solo alcanzaba 312 Nm de par y 185 caballos frente a los 408 Nm y 218 caballos que alcanzaba con el turbo de la marca Garret. Por otro lado, aparte de que el motor V8 contaba con una alta relación de compresión y ya necesitaba de gasolina de alto octanaje para evitar el picado, la sobrealimentación obligó a la introducción de un aditivo conocido como “Turbo-Rocket” que incrementaba aún más el índice de octanos del combustible. El Corvair por su parte al contar con un motor de inferior relación de compresión no contaba con este sistema, que podía haberle ayudado a evitar los problemas de autodetonación de la mezcla ya mencionados.

Publicidad de Chevrolet en la que se puede ver la colocación del motor del Corvair en la parte trasera. Esta disposición no favorece la refrigeración del motor y consecuentemente los problemas de sobrecalentamiento derivados del turbocompresor se vieron agravados.

Aunque estos modelos estuvieron poco tiempo en el mercado y no llegaron a superar la década en la que nacieron, fueron los primeros en lanzarse a la piscina con esta tecnología. Esto permitió a la competencia analizar los fallos y desventajas, especialmente en lo que concierne a la autodetonación con soluciones centradas principalmente en la reducción de la relación de compresión del motor. Aun pareciendo sencillo intentar resolver el problema de esta forma, pasaron la friolera de 11 años desde 1962 para que una marca al otro lado del charco se atreviese a dar el paso de sacar al mercado motores de gasolina con turbo.

La llegada del turbo a Europa

Antes de ni tan siquiera desarrollarse los dos modelos turbo de GM, en el viejo continente ya se había experimentado con los compresores centrífugos comentados en el artículo. Estos empezaron a calar en Europa a través de la Fórmula 1 en 1949 con la escudería British Racing Motors y sus P-15 V16 que contaban con compresores centrífugos movidos directamente por el cigüeñal. Este tipo de solución poco eficiente, debido a la enorme cantidad de energía que se absorbe del motor para comprimir la admisión, vivió sus últimos días a finales de los años 50.

Motor seccionado BRM P-15 con 16 cilindros en V en el que se puede observar la presencia de dos compresores centrífugos, de baja y alta presión, en la parte delantera inferior y en ambos casos con 2 etapas de compresión. Ambos recibían el par del motor a través de un eje que se engranaba con el cigüeñal en la parte trasera del motor y movía la bomba de agua. Debido a la presencia de una cámara cilíndrica encargada de evitar la combustión de la mezcla antes de entrar al cilindro, el eje anteriormente descrito debía de aportar el par a un eje inferior intermedio que volvía a transmitir el par a un tercer eje encargado de mover los rodetes de los compresores.

Un intento por reducir la energía que era absorbida del motor en esta configuración vino de la mano de Alfa Romeo con el Giulia GTA SA de 1967 que contaba con un par de turbocompresores hidrodinámicos. Esta tipología de sobrealimentación no ha llegado a los automóviles de calle y hay poca información sobre ella ya que el modelo dejó de competir en 1968. El motor contaba con dos compresores centrífugos cuyos ejes recibían potencia de dos turbinas hidráulicas conectadas a un circuito de aceite a alta presión con una bomba específica para garantizar dicha presión.

En la fotografía de la izquierda se puede observar el bialbero del Giulia con dos carcasas cilíndricas situadas en los extremos de un depósito de aceite. Dichas carcasas contienen las turbinas hidráulicas cuyos rodetes se pueden ver en la foto derecha y se encargaban de aportar par al eje central para transmitirlo a los compresores centrífugos encargados de comprimir la mezcla. En lo que respecta a la parte hidráulica del sistema se pueden observar los tubos de aceite a alta presión junto con la bomba alojada en la parte inferior del depósito de aceite. Los tubos que se dirigen y retornan del otro lado del motor van a un radiador para enfriar el aceite situado en esa zona.

Tras toda esta aventura a ninguna parte se presentaba en 1973 el primer automóvil europeo con turbocompresor de la mano de BMW. Esta marca salía de su largo letargo de la posguerra sin casi vender automóviles y centrando su mercado en las motocicletas. Los “Neue Klasse” equivalentes a la actual Serie 5 fueron su gran apuesta a principios de los años 60 para tratar de captar nuevos clientes y romper con sus pleistocénicas berlinas.

Sin embargo, el éxito de ventas no le trajeron los Neue Klasse, estos solo dieron la imagen renovada de marca premium que necesitaban los bávaros para renacer y no llegaron ni a la mitad de ventas que tuvieron los Mercedes-Benz W110. Los automóviles que sostenían a la compañía eran principalmente los 700, equiparables a la actual Serie 1, que contaban con unas prestaciones muy modestas y una carrocería muy atractiva que les permitía destacar frente a la competencia.

Fotografía en la que se muestra la gama de automóviles de BMW a comienzos de los años 60. El salto en prestaciones y dimensiones era destacable entre el 700 y los Neue Klasse representados en la imagen con el 1500. En lo que respecta al V8 el diseño estaba muy desactualizado para la década de los años 60.

Es evidente el salto que había consecuentemente entre un Neue Klasse y un 700, por lo que la empresa optó por sacar los serie 02 para llenar ese hueco. De esta forma se gestaba la semilla para el nacimiento posterior de la Serie 3, una categoría de sedanes que la marca siempre ha asociado con la deportividad y el placer de conducir. Esta fama proviene precisamente del éxito que tuvo la serie 02, en especial la esencia juvenil que aportó el 2002 y sería a través del modelo Turbo como llegaría a Europa el turbocompresor.

A la izquierda un BMW 2002 Turbo con las letras en el spoiler delantero escritas de tal forma que se pudiesen leer por el retrovisor cuando este iba a adelantarte. A la derecha un cartel publicitario de BMW sobre lo que suponía para la marca este vehículo.

El nuevo 2002 Turbo contaba con un 4 cilindros de inyección mecánica Kügelfischer al que se le añadía un turbocompresor KKK que proporcionaba 40 CV y 63,5 Nm adicionales. De esta forma, se alcanzaba la cifra de 170 CV a 5.800 rpm y 240 Nm a 4.000 rpm. En lo que respecta a aceleración los datos eran muy destacables con un 0 a 100 km/h de 7.2 segundos y una velocidad máxima de 211 km/h.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce ya que, tal y como se mencionó en el artículo, el turbocompresor solo trabaja en un rango concreto de carga de los gases de escape en función de su geometría y tamaño. Este detalle hacía que la potencia y par extra del turbo solo apareciese en altas cargas del escape rondando las 4000 rpm en caliente. Por otro lado, el coche no contaba con intercooler y, tal como se demostró en el artículo antes mencionado, las turbomáquinas elevan bastante la temperatura de admisión. Además, el coche no contaba con válvula waste-gate que sumado a lo anterior situaba al BMW en una posición similar al Corvair Monza Turbo.

A pesar de ello la palabra turbo estaba de moda en la Europa de los años 70. Aunque el bávaro acabase sentenciado por sus problemas y por la crisis del petróleo, la semilla ya había sido plantada y todo el mundo quería unas gafas de sol Turbo, una chaqueta Turbo, unos skís Turbo y por supuesto un coche Turbo.

La popularización del turbocompresor

Casi paralelamente a los desarrollos de BMW, Porsche se puso manos a la obra para gestar una nueva versión sucesora del 911, que fue presentada en 1974 con la designación 930. El nuevo modelo de la marca teutona ofrecía unas prestaciones muy destacables con 260 CV y una cilindrada de tres litros, alcanzando una velocidad máxima de 250 km/h. Esto le permitió ser durante mucho tiempo el deportivo de carretera más rápido de Alemania.

Fotografía en la que se puede ver el Porsche 930 atmosférico a la izquierda y el sobrealimentado a la derecha. Destacan las dimensiones de las vías y el alerón trasero del modelo Turbo, pero destaca más aún la reducción del tamaño del silenciador del escape para poder colocar el turbocompresor y la temperatura que podría llegar a alcanzar la mezcla tras ser comprimida, algo totalmente indeseable. Este aspecto en la siguiente generación del 911 fue resuelto con la colocación del Turbo en la parte superior del motor.

A diferencia de la marca bávara, en esta ocasión si se tuvieron en cuenta los problemas que había tenido Chevrolet con el picado de los motores. Se incluyó de esta forma una regulación de la presión de sobrealimentación mediante una válvula waste-gate, que hasta entonces Porsche solo había utilizado en competición con el 917. De todas formas, no se resolvieron los problemas de calentamiento de la admisión con la consecuente reducción de rendimiento del motor que ya se ha comentado con Oldsmobile. Pero todos estos aspectos no eran realmente importantes, ya que hay cosas que nunca cambian y una de ellas es la gestación de las modas. Desde luego que BMW captase la atención de la gente joven era algo esperable, pero que Porsche se sume a ello con el 911 Turbo ya es asentar tendencia.

Por tanto, con la tendencia asentada no tardó en llegar el primer utilitario, el Renault 5 Alpine Turbo de 1982. El nuevo modelo se encargaba de suceder a los Alpine de 1976 con ligeros cambios estéticos y con la introducción de un turbocompresor Garret. La sobrealimentación aportaba 15 caballos y 33 Nm al pequeño motor de 1397cc alcanzando 108 caballos y 149 Nm en un vehículo de tan solo 870 kg.

Publicidad de la "bruja a reacción" de Renault en la que se aprecian las nuevas llantas de aleación frente a las de la anterior versión atmosférica del Alpine. En el mercado español el modelo Alpine y el Alpine Turbo recibieron el nombre de Copa y Copa Turbo respectivamente.

Aunque los valores de prestaciones comentados no fuesen mucho mayores que los del modelo atmosférico, la relación potencia peso de solo 8.6 kg por caballo jugaba muy a su favor. Esto le convirtió en un utilitario muy ágil, que con un precio más alcanzable que el del Porsche, empezó a tener una buena cuota de mercado entre la gente joven y no especialmente adinerada.

A pesar de las emociones que parece despertar este coche, se ha de tener en cuenta que dichas virtudes solo se mostraban cuando los gases de escape tenían alta carga de presión y temperatura. Esto que ya se ha tratado anteriormente empieza a ser un problema en el momento que este utilitario empieza a llegar a manos de gente que no estaba acostumbrada a conducciones deportivas. El efecto del turbo-lag es algo con lo que los pilotos de carreras sabían lidiar y podían sacar hasta incluso beneficio de ello, pero para una persona joven y con poca experiencia de conducción esto era un problema serio.

Motor Alpine sobrealimentado montado en los R5 en el que se puede ver la colocación del carburador previo al compresor tal y como se ha visto en todos los modelos mostrados en este articulo hasta el momento. Esta disposición de turbo soplado empezó a mostrar sus inconvenientes con la popularización de los turbos entre los utilitarios. En la imagen se puede ver el enorme recorrido de mezcla ya comprimida desde el compresor a los cilindros. Esto supone, que al dejar de soplar la turbina aún queda toda esa mezcla comprimida por pasar por el motor retrasando de esta forma la percepción de salida del turbo.

A todo ello se suma que el coche no era de inyección, contando con la colocación del compresor después del carburador, originando esta configuración de soplado un efecto de retardo en el desacoplamiento del turbo cuando los gases de escape perdían carga. Esto es, la aparición de un lag de salida del turbo cuando la turbina dejaba de dar energía al compresor. Tanto esto como el turbo-lag, unidos a manos inexpertas llevaron a la creación de multitud de bulos populares como la famosa frase de “le entraba el turbo en las curvas”. Esto nos tiene que servir de lección sobre el impacto que tienen las modas en nuestras vidas.

A pesar de estas prestaciones “envenenadas” pronto las versiones turbo empezaron a ofrecerse en muchas otras marcas, llegando así el turbocompresor a la mayoría de segmentos. Los nuevos modelos ya contaban en su mayoría con el compresor previo a la formación de la mezcla, configuración de turbo aspirado, gracias a los sistemas de inyección de gasolina y por tanto desaparecía el problema del retraso a la salida del turbo. En el caso de la marca de la Regie, pronto esta nueva tecnología fue implementada en todos sus segmentos, desde los Supercinco con el GT Turbo hasta las berlinas R25 V6 Turbo.

Cartel publicitario de Renault en el que se muestra la llegada del turbocompresor a su berlina. En la gráfica se puede ver la homogenización de la curva del par motor en el rango bajo y medio de revoluciones siempre que exista suficiente carga energética en los gases de escape. En caso contrario dicha gráfica sería errónea y la curva descrita sería la de un R25 V6 atmosférico.

Aun así, ninguno de los motores de esos vehículos de calle contaba con ningún sistema que consiguiese paliar los problemas de sobrecalentamiento de la admisión y muchos de ellos como los R5 llegaban incluso a oírseles picar biela en verano. Parece que en Europa no se reflexionó demasiado sobre los problemas que tuvo GM con este tipo de sobrealimentación…¿o quizá sí desde Suecia?

La llegada del turbo a los rallies

Si hay una marca a la que haya que agradecer el desarrollo, perfección y sobre todo aprovechamiento de esta tecnología, esa es Saab. Aunque no haya sido pionera inicialmente en este campo, cosa que en otros sí, fue la primera marca en desarrollar un sistema de control del sobrecalentamiento del motor mediante la inyección de agua en el colector de admisión. Gracias a ello, la temperatura se reducía y junto con el manómetro del turbo se conseguía evitar que el motor se sobrecalentara y entrara en la zona de picado. El primer Saab en equipar este novedoso sistema fue el 99 Turbo S de 1977, que se convirtió rápidamente en el primer automóvil de rallies con turbocompresor.

Tres Saab 99 Turbo siendo el situado en el centro el que cuenta con el paquete S de inyección de agua en la admisión para reducir los problemas de sobrecalentamiento. Las prestaciones de los 99 con dicho paquete son muy difíciles de conocer con exactitud debido a que la marca vendía como accesorio este tipo de innovaciones. 

El 99 fue un modelo muy importante para la marca sueca, ya que con en torno a 590.000 unidades producidas se convirtió en el concepto de automóvil que encarnó el alma de esta pequeña empresa, la cuál anteriormente vendía automóviles prácticamente artesanales con motores de 2 tiempos. Las victorias en rallies y el diseño del nuevo Saab llevaron a la empresa a tratar de captar nuevos clientes fuera de sus fronteras con esta nueva imagen.

El problema de esa nueva imagen yacía en la imposibilidad de una marca con fabricación casi artesanal de poder competir con marcas con muchísimo más presupuesto e historia como Renault o Lancia. A pesar de ello, la semilla del pionero ya había sido plantada y solo faltaba que viniera un gigante a tratar de sacarla provecho tras la retirada de Saab de los rallies.

La otra cara del Audi vs Lancia

Ese gigante como no podía ser de otra forma era el grupo VAG de la mano del Audi Quattro que en 1982 fue capaz de hacerse con el mundial de rallies. A partir de este momento la historia que el lector espera leer pensará que es de sobra conocida e incluso llevada al cine. Lo que realmente se va a tratar de explicar ahora es la otra cara que normalmente no es analizada del duelo vivido entre el Quattro y el 037 en 1983.

Es obvio que la tracción fue el centro de atención en todo momento, pero en los rallies no todo es ligereza y tipo de tracción. La capacidad de los pilotos, los diseños de las suspensiones, el conocimiento del reglamento y un largo etcétera son importantes también. Entre toda esa maraña de factores se encuentra la potencia como es fácil de deducir y sobre todo la forma en la que esta se entrega.

Fotografía de Walter Röhrl y Hannu Mikkola en 1983 tras el rally de Montecarlo en el que los Lancia 037 consiguieron el primer y segundo puesto.
Si se analiza con detalle los defectos del Quattro la mayoría de análisis realizados se han centrado en su reparto de pesos y su suspensión, pero en pocas ocasiones se ha analizado que el Quattro contaba con turbocompresor. El motor equipaba a su vez un intercooler para refrigerar la admisión y evitar de esta forma el sobrecalentamiento del motor a la vez que permitía mejorar las prestaciones al reducir la temperatura de admisión.
A la izquierda una fotografía del 5 cilindros de Audi con turbocompresor, intercooler e inyección directa montado en los Audi Quattro S1. A la derecha el motor de 4 cilindros biarbol de un Lancia 037 Evo con compresor Roots sin intercooler e inyección Kügelfischer.

A primera vista cualquiera diría que eso es una virtud más que un defecto. El problema aparece cuando esto se compara con el sistema propulsor del 037 que también iba sobrealimentado. Sin embargo, el Lancia contaba con un compresor Roots en lugar de turbocompresor, que tal y como se comentó en el artículo aporta compresión en todo el rango de revoluciones y es especialmente eficiente a bajo régimen.

Si ahora se analiza el paso por una curva muy cerrada con barro y en ascenso durante una etapa de rally, el piloto del 037 decelerará al aproximarse a la curva y el motor bajará de vueltas. Cuando el conductor durante la curva vuelva a pisar a fondo el acelerador rápidamente el Roots empezará a comprimir la admisión dando el aporte extra de par al motor. En el caso del Audi el proceso sería el mismo para el piloto, pero se encontraría con dos problemas al salir de la curva. Uno el enorme peso en el eje delantero y el otro que el turbo aún no ha entrado porque no se ha conseguido suficiente carga en los gases de escape, y por tanto no aporta par extra al motor.

Cartel italiano en el que se utiliza la victoria de Lancia en el mundial de rallies de 1983 para publicitar los nuevos compresores volumétricos instalados en los turismos de calle.

Tal fue la consideración del equipo de Audi en 1984 que decidieron resolver este problema en la siguiente evolución del Quattro A2, el Sport Quattro, en el que no solo variaron las cotas del 5 cilindros, sino que acoplaron un sistema anti-lag que alimentaba al turbo con combustible para mantenerlo soplando cuando el piloto dejaba de acelerar. Este apaño resolvió el problema, pero el coche se hacía casi ingobernable, así como debido a la presencia de combustible en el escape se generaban fuertes explosiones que despertaron entusiasmo entre el público. A pesar de todos estos avances, junto con la llegada de los Quattro S1 y S2, Audi no ganó más mundiales desde su segundo palmarés en 1984.

De la doble sobrealimentación de los rallies a los utilitarios

Competir al más alto nivel exige mejoras continuas en los vehículos temporada tras temporada y Audi aprendió rápido que no podía vivir de las rentas del Quattro A1 y A2. Esto también significó que para poderse mantener en lo más alto el resto de las marcas como Peugeot o Lancia requerían mantenerse actualizadas en el nuevo grupo B. Entre las actualizaciones de 1985 de la escudería turinesa se encontraba el novedoso sistema de doble sobrealimentación de su nuevo Delta S4.

Lancia Delta S4 en el rally de Córcega de 1986

Bien es cierto que dicha idea tiene sus orígenes décadas atrás, antes de la 2ª guerra mundial, en competición e incluso berlinas como el Mercedes-Benz 770K. A pesar de ello, la tecnología implementada se basaba en la colocación de un doble compresor volumétrico para incrementar el par del vehículo en cuestión. Si se atiende al diseño del Delta S4 este concepto permanece, pero se sustituye uno de los compresores por un turbocompresor. A consecuencia de esto se consigue muy buena entrega de par a bajo régimen gracias al Roots y a medio-alto régimen cuando el escape se encontraba con suficiente carga energética se mejoraba la entrega de par de la sobrealimentación gracias a la entrega del turbocompresor. El Lancia Delta S4 se convirtió de esta forma en el primer automóvil en contar con las dos tecnologías incorporadas.

A la izquierda el motor 4 cilindros biarbol del Lancia Delta S4 en el que se pueden ver el turbocompresor y el compresor Roots conectados en serie. Ambos contaban con su propio intercooler, los cuales se pueden ver en la foto derecha.

Aun contando con 451Nm a 5000rpm y 450 caballos a 8000rpm y que algunos pilotos describían su comportamiento subiendo cuestas como si las estuviesen bajando, la superioridad del imbatible Peugeot 205 T16 no permitió a Lancia ganar ningún mundial de 1985 a 1986. En este último las victorias del Lancia hacían matemáticamente posible vencer al 205, pero la muerte de Henri Toivonen a manos del S4 supuso el final de las expectativas de la escudería, el segundo y último mundial de Peugeot y el punto final del grupo B.

Una vez más la semilla había sido plantada y las características de este diseño de doble sobrealimentación llegaron a plantearse en el grupo VAG para mejorar la entrega de par con los motores de carga estratificada sobrealimentados (TSI). La curva de par resultante era muy uniforme siendo muy efectivo el Roots en tráfico de ciudad y fuera de ciudad el turbocompresor ayudaba a tener buenas recuperaciones. Esta configuración de TSI se llegó a montar en el motor 1.4 del Volkswagen Polo en 2005.

Esquema de funcionamiento del sistema de sobrealimentación del Polo 1.4 TSI de 2005 en el que se puede apreciar la colocación del Roots en serie con el compresor. Ambos sistemas de sobrealimentación contaban con una derivación de forma que podían actuar en serie o solo funcionar parcialmente cada uno de ellos.

El retorno de los volumétricos

La mayoría del análisis en este artículo se ha centrado en los turbocompresores al presentarse como una novedad tras la 2ª guerra mundial. Sin embargo, los compresores volumétricos no dejaron de utilizarse en competición tras el Saab 99 Turbo, ni los coches de calle abandonaron esta tecnología con la llegada del R5 Alpine Turbo. Los compresores Roots monopolizaron las sobrealimentaciones volumétricas en muchos récords mundiales y de la mano de adictos de la velocidad en América.

Algunas marcas automovilísticas también recurrieron a esta tecnología como es el caso de Fiat. El Volumex, denominación del Roots de la marca turinesa, fue desarrollado para competición siendo implementado en los Lancia 037. A su vez, también contaron con este compresor modelos de calle como el Lancia Trevi, Beta coupé y HPE. Una vez más los rallies son el tipo de competición automovilística que más tecnología aporta al coche de calle y no la Formula 1.

Cartel publicitario de Lancia ensalzando las virtudes del compresor Volumex.

Por otra parte, otras marcas implementaron compresores de tornillo incluso más allá de los años 80 como fue el caso de Ford, Mazda o Mercedes-Benz con los modelos AMG Kompressor en prácticamente toda su gama de modelos hasta bien entrado el siglo XXI. Sin embargo, la marca que más disrupción produjo en este campo fue Volkswagen con los G60 y G40.

A la izquierda puede verse el compresor de tornillo de los AMG Kompressor de Mercedes-Benz montado en un V8. Su composición mecánica y ventajas fue tratada en el artículo. A la derecha puede verse el motor de un Volkswagen Golf GTI que cuenta con el compresor Scroll de mayor diámetro desarrollado por la marca, el G-60.

Dichos compresores volumétricos no eran de tipo Roots sino de tipo Scroll, rompiendo de esta forma con el concepto popular de sobrealimentación. Esto fue posible gracias a la mejora de los procesos de fabricación con máquinas que permitían diseñar piezas con tolerancias más ajustadas, consiguiendo así implementar este compacto y eficiente sistema de compresión en los Corrado, Golf y Polo que reducía la energía necesaria a aportar por el motor frente al resto de diseños de compresores volumétricos.

Dibujo seccionado de un compresor Scroll en el que se puede observar los dos ejes que permiten el movimiento circular de la parte movil del compresor y que cuenta para ello con levas excéntricas.

El auge del turbodiésel

Hasta aquí todo lo tratado en el artículo estaba relacionado con la sobrealimentación de motores de gasolina. En lo que respecta al motor diésel, hasta bien entrados los años 70 este tipo de propulsión no era la más demandada debido a la falta de par y potencia con la que estos motores contaban. Maquinaria agrícola, vehículos industriales y en algunos casos algunos autobuses eran los elegidos para llevar este tipo de tracción sin ningún problema de que ello implicase un aumento de peso, ya que el consumo se reducía de forma muy notable. La falta de par por su parte se compensaba fácilmente con reductoras que en un turismo serían imposibles de colocar por la falta de espacio y facilidad de conducción.

Con la llegada de los años 70 Mercedes-Benz era una de las marcas que más motores diesel ofrecía en turismos, incluso se los vendía a otras marcas como Seat. Los motores eran pleistocénicos con grandes dificultades para mover las pesadas berlinas si no se recurría a grandes cilindradas. Tal era la poca confianza de este tipo de motores que la marca no los ofrecía en sus grandes berlinas hasta que precisamente llegó el primer clase S, el w116. El nuevo 300SD Turbodiesel de 1978 se convirtió en el primer turismo con motor turbodiésel.

Fotografía del motor 5 cilindros diésel de 3 litros con turbocompresor y sin intercooler del Mercedes-Benz 300SD Turbodiesel W116. Las prestaciones de la berlina eran bastante modestas comparadas con las de los modelos de gasolina con tan solo 120 caballos y 230Nm de par.

Las ventas del nuevo modelo fueron destacables y eso que el modelo no se ofrecía en Europa. Esto llevó a que pronto su hermano pequeño fuese dotado de dicho motor de 5 cilindros turbo, en sus tres versiones 300D/CD/TD Turbodiesel. El éxito yacía en lo expuesto en el artículo mejorando de forma destacable las prestaciones de estas berlinas. De nuevo se sentó un precedente y Mercedes no perdió oportunidad de seguir expandiendo esta motorización con las siguientes generaciones de clases E y S.

Rápidamente muchas marcas siguieron la estela de Mercedes como es el caso de Alfa Romeo que en los años 90 llegó a sacar al mercado de la mano del 159 JTD el primer sistema de inyección common-rail con un turbo de geometría variable. Tal y como se comentó en el artículo de turbinas, el diseño de álabes orientables en el estator de la turbina centrípeta permite adaptar el turbo a las condiciones de carga energética del escape de forma que se mitiga el efecto del turbo-lag y se amplía el rango en el que el turbocompresor aporta par al motor.

Aunque el primer turbo de geometría variable fue equipado en el motor de gasolina del Honda Legend Wing Turbo de 1988, la tecnología se terminó instalando preferentemente en los turbodiésel. En la fotografía se muestra seccionada la turbina de un turbo utilizado por Volvo en el que se puede ver la orientación optima de los álabes del estator en función de las revoluciones del motor.
Esta idea se intentó implementar en los motores de gasolina, pero con escaso éxito debido a la alta temperatura de los gases de escape que fundían el mecanismo de los álabes orientables. De hecho, los turbocompresores en general gozaron de mayor longevidad en los motores diésel gracias a este aspecto que permitía reducir el desgaste de los cojinetes del eje del turbo. Para resolver los problemas de turbo-lag en los gasolinas se han implementado sistemas que permiten reducir dicho retraso al contar con dos turbos en serie o en paralelo.

Fotografía en la que se puede ver el seccionamiento de dos turbocompresores montados en paralelo. Debido a la compleja fontanería que esto implica, la disposición en serie ha sido finalmente la más predominante entre los gasolinas e incluso los turbodiésel que fueron poco a poco abandonando la geometría variable.

Con la implementación de estas nuevas tecnologías, la llegada del siglo XXI supuso la expansión de los modelos turbo en ambos tipos de motores, eliminando prácticamente del mercado los compresores volumétricos. Esto permitió la reducción de las cilindradas de los propulsores con el reaprovechamiento de los gases de escape para cumplir con más facilidad las normativas de emisiones en ciertos mercados como el europeo. Es por tanto destacable el mérito de todas las marcas que supieron por fin aprender a controlar los turbos de forma eficiente y aprovechándoles al máximo. Pero si hubiese que analizar que marca fue realmente la primera en ser capaz de conseguir este logro, sin lugar a dudas fue Saab.

Saab y como limpiar la atmósfera

De nuevo resuena el nombre de quien introdujo los turbocompresores en los rallies, aunque por falta de presupuesto tuviese que abandonar la competición. Esto no supuso un problema sino más bien una oportunidad de seguir creciendo como marca recién nacida que era. El 99 sirvió de base para gestar los 90 y 900 con motores montados justo encima del eje delantero longitudinalmente y con la caja de cambios en paralelo. El conjunto era tan compacto y sencillo que para cambiar el embrague se tardaba en torno a 25 minutos en manos expertas. Además, la masa se concentraba justo en el eje delantero mejorando notablemente el comportamiento virador del vehículo, el cuál podía incluso sobrevirar en ciertas condiciones debido a su inusual mayor longitud de vía trasera respecto a la delantera.

Publicidad de Saab en la que se puede ver el motor seccionado del 900 Turbo multiválvulas con la caja de cambios colocada en un lateral del motor, el cuál se encontraba inclinado para disminuir la altura del capó. Todo este bloque compacto iba montado encima del eje delantero y permitía centrar el peso en el mismo.

Todos estos atributos disruptivos unidos a una carrocería muy distintiva convirtieron a los 900 en automóviles míticos desde el minuto uno de su nacimiento. Pero…es que lo más interesante del nuevo Saab a nivel mecánico no era lo comentado, sino la introducción en 1982 de un nuevo sistema de control del turbo denominado “Automatic Performance Control” con las siglas APC.

Este sistema TurboAPC contaba con un sensor que registraba la excitación de la culata por encima de cierto valor de frecuencia a partir del cual se registraba la entrada en zona de picado del motor. La información de dicho sensor era enviada a la unidad de control APC y con ello regulaba el encendido y la válvula waste-gate. El 900 TurboAPC se había convertido en el primer automóvil con sensor de picado de la historia. Además, gracias a este sensor el sistema de encendido se regulaba de forma automática y esto implicó que independientemente del número de octanos de la gasolina el sistema se adaptaba a las nuevas condiciones operativas evitando el picado. Este hito revolucionario supuso el fin de la necesidad de usar combustibles de mayor índice de octano y precio para los motores sobrealimentados e incluso atmosféricos de alta relación de compresión.

A la izquierda un esquema de los elementos y conexiones del sistema APC de Saab. A la derecha un anuncio de la marca que muestra la consecuencia de la implementación de esta tecnología. 

En lo que respecta a las prestaciones, ya el 99 Turbo contaba con unas cifras envidiables, pero es que el 900 fue capaz de mejorar estos resultados con los primeros motores de 4 tiempos fabricados por la propia marca. La entrega de par era muy homogénea con un valor máximo de 236 Nm a 3000rpm y 145 caballos a 5000rpm para un motor de 4 cilindros de 2 litros y 2 válvulas por cilindro en 1982. Esto es un claro ejemplo de downsizing y de aprovechamiento al máximo de los turbocompresores Garret, sin poner en riesgo las condiciones operativas del motor. A pesar de lo sorprendente que resulta este sistema, esto solo fue el principio ya que Saab siguió perfeccionando el sistema con los avances en el campo de la electrónica a finales de los años 80.

Paralelamente a estas investigaciones, se venían años de mayor conciencia social con el medio ambiente y a esto se sumó el desarrollo de un novedoso sistema de Volvo que permitía conocer si la combustión del motor dejaba oxígeno sin quemar mediante el uso de la archiconocida sonda Lambda. Esta sonda en función de las concentraciones de oxígeno del escape informaba a una unidad de control que se encargaba de variar la proporción de la mezcla. Este sistema tan sencillo fue rápidamente utilizado por todas las marcas junto con un catalizador de 3 vías que permitía oxidar o reducir los gases de escape. Gracias a ello se mitigaban las emisiones contaminantes y se cumplía así con las normativas medioambientales que llegaron en los años 90 de la mano de la Euro 1.

Es lógico pensar que como se ha dicho que todas las marcas siguieron este planteamiento Saab también haría lo mismo, pero es una empresa experta en ir contracorriente. Los resultados de investigación sobre mejoras del sistema APC culminaron en el año 1992 con un nuevo sistema de control, el Trionic. Dicho nombre se debe al control de 3 parámetros por parte de una unidad de control, uno era el tiempo de encendido, otro la inyección de combustible y el tercero el control de la presión del turbo.


A la derecha la unidad de control del sistema Trionic con un chip de Motorola. A la izquierda una fotografía sacada de un catálogo de Saab en el que se puede ver la carcasa roja que contiene el circuito impreso del sistema de encendido directo.

El sistema contaba con un sistema de encendido directo, direct ignition, que utilizaba un novedoso sistema de sensores que básicamente convertía a las bujías en sensores. La bujía, cada una con su propia bobina y un sistema de cortocircuito para limpieza, era capaz de medir la permeabilidad del gas contenido en el cilindro consiguiendo de esta forma conocer cuanto oxígeno podía llegar a quedar sin reaccionar tras la combustión. Dicha información era transmitida por un circuito impreso hasta la unidad de control que se encargaba de variar la posición del encendido, a la vez que se adaptaba la mezcla a las condiciones óptimas en función de la presión del turbo regulada con la válvula waste-gate.

El resultado de este sistema es que a diferencia de la sonda Lambda, el sistema Trionic permitía conocer como iba a ser la combustión en el cilindro antes de que esta tuviese lugar y no al revés. Si se realiza un análisis del valor medido por una sonda en un automóvil de la competencia, se puede ver que la sonda no registra un valor de 1 sino que oscila entorno a ese valor. Si se coloca una sonda Lambda en el escape de un Saab con sistema Trionic la sonda mediría 1 de forma constante y por tanto no la necesita. En definitiva, la sonda con control del encendido arregla un error que ya ha tenido lugar y el sistema Trionic previene que ocurra un error que aún no ha tenido lugar. Dejo a juicio del lector que es mejor…

El primer Saab en equipar este fantástico sistema fue el 9000 Aero con unas prestaciones, para un 4 cilindros de 2.3 litros, que humillaban a la competencia contando con motores de 6 cilindros multiválvulas de más de 3 litros como era el caso del Mercedes 320E que ni aun así conseguía igualarle. Con un par máximo de 350Nm a tan solo 1800rpm y 225 caballos a 5000rpm el Aero consiguió contar con una propulsión muy elástica a la par que unas aceleraciones capaces casi de dislocar el cuello al conductor.

Publicidad Saab en la que se mostraba la superioridad técnica y en prestaciones frente a la competencia.

Otra de las consecuencias más características del sistema Trionic fue que independientemente de la calidad del aire de admisión, el encendido y la mezcla se adaptaban a las condiciones existentes para reducir las emisiones contaminantes. En la publicidad con videos de Saab se podía ver como al conectar la admisión de un 9000 Aero al escape de un Saab 96 de dos tiempos, que obviamente quemaba aceite, se registraban unos valores de emisiones que cumplían sobradamente la nueva normativa. Esto es, que gracias a este sistema todos los Saab que lo equiparon limpiaban la atmósfera y no es ninguna exageración.

El sistema Trionic siguió evolucionando después de la compra de GM a la marca sueca e incluso se llegó a implementar en más marcas del trust. Quién lo diría que este articulo empezó hablando de ellos como pioneros y ahora son ellos los que copian a Saab. A pesar de las nuevas generaciones del sistema, GM acabó reduciendo la inversión en esta tecnología y finalmente en la marca entera en 2009 por no asumir las economías de escala del trust. Va a ser cierto el eslogan de “born from jets and killed by assholes” algo así como “nacidos de los jets y asesinados por gilipollas”.

Finalmente, ya para acabar, se ha de mencionar la basta variedad de sobrealimentaciones que se han tratado. Se han escogido para el análisis tecnologías que realmente fueron rupturistas, que se salieron de lo convencional sentando tendencia o que no fuesen planteamientos ya utilizados por otras marcas. Muchos sistemas de sobrealimentación se han quedado en el tintero, incluso los compresores eléctricos que son capaces de comprimir la admisión gracias al par entregado por un motor eléctrico.

A la izquierda una fotografía del twin-scroll que permite la entrada de los gases de escape a la turbina provenientes de los colectores en función del cilindro del que provengan. A la derecha un compresor eléctrico de Audi en el que puede verse como el par del compresor centrífugo es aportado por un motor eléctrico y no una turbina.

miércoles, 28 de febrero de 2024

En busca de las máximas prestaciones en un motor de pistones

La sorpresa es quizá una de las primeras reacciones que manifestamos a la hora de toparnos con nuevos inventos, pero muchas veces no llegamos a conocer realmente el tiempo de investigación necesario para llegar a ese fantástico resultado. Algo así, debió de sentir la gente en 1876 al ver el primer motor a gas de Deutz AG, diseñado por Nikolaus Otto. Este motor no era el primer diseño relativo a esta tecnología, Lenoir o el padre Barsanti habían comenzado sus desarrollos a principios de dicho siglo, pero si se trataba del primer motor a gas capaz de comprimir la mezcla en el cilindro.

La compresión aparecía de esta forma en el nuevo ciclo termodinámico de 4 tiempos que lleva el nombre de su principal inventor. Este nuevo concepto se hizo imprescindible en todos los motores de combustión interna que fueron patentándose en el mercado, incluido en el motor de Benz para su triciclo.

Cabe por tanto pensar que antes del gran invento del señor Otto, que pasó a los anales de la historia de la termodinámica por culpa de Gottlieb Daimler, el gas de trabajo mezclado con aire combustionaba en un cilindro de doble efecto a presión atmosférica. El consumo de dichos motores a gas era muy elevado ya que la expansión del pistón no aprovechaba casi nada la entalpía de la mezcla.

En 1863 Lenoir aplicó su motor a un triciclo creando un automóvil del tipo que se ve en la foto.

Uno de los intentos por tratar de conseguir una compresión del gas de trabajo fue el Ready Engine de George Brayton. El motor usaba un cilindro específico para la compresión, un depósito presurizado intermedio y un cilindro de potencia, donde se realizaba el encendido de la mezcla y la expansión del pistón. La combustión, gracias al depósito, se producía de forma isóbara siguiendo un ciclo termodinámico similar al que posteriormente fue utilizado en las turbinas de gas a mediados del siglo XX. Este motor, al realizar la compresión externamente al cilindro de potencia, ha pasado a la historia en 1872 como el primer motor sobrealimentado mediante un compresor volumétrico.

Los motores Brayton llegaron a ser equipados en los nuevos automóviles estadounidenses Selden, pero no tuvieron un gran recorrido comercial en favor de los propulsores a gas de 4 tiempos gestados por Otto en 1876. La evolución del nuevo corazón de los carros de caballos seguiría su curso mejorando el encendido y la deflagración centrada en el PMS gracias a Karl Benz y Robert Bosch, pero sobre todo Gottlieb Daimler. Tras el diseño del primer motor Daimler a gas capaz de comprimir cerca del límite de picado, el ingeniero de Cannstatt se percató de que el aumento de la presión en la admisión permitía al motor otorgar mayor potencia y por tanto ser de menor tamaño. De esta forma, Gottlieb Daimler implementó en 1885 un compresor volumétrico Roots a la entrada del cilindro.

Motor Brayton modificado por Dugald Clerk con cilindro de bombeo, el de la izquierda, que permite incrementar la compresión en el gas antes de entrar en el cilindro de potencia, el de la derecha.
Este aumento de rendimiento energético, al trabajar el motor cerca del límite de picado, no solo incrementó la energía transmitida a los pistones, sino la temperatura del proceso y consecuentemente la entalpía de los gases a la salida. Esto significó que de nuevo gran parte de la energía era disipada en forma de temperatura y presión por el escape, y el ingeniero Luis Renault se percató de ello patentando en 1902 un ventilador que de alguna forma pudiera ser movido por la energía de los gases de escape.

Renault no llegó a implementar esta patente en sus voittures, pero Alfred Büchi en 1905 desde el mundo de la aviación llegó a patentar, y fabricar en 1915, una turbina axial impulsada por el escape de un motor de pistones y un compresor axial montado en un eje común a la turbina que permitía comprimir la admisión antes de entrar al motor. De esta forma, se conseguía mantener el rendimiento volumétrico a gran altura, debido al incremento del caudal de aire de admisión, contrarrestando así la pérdida de presión atmosférica. Este es considerado el primer motor sobrealimentado mediante un turbocompresor.

Patente de turbocompresor registrada por Alfred Büchi en 1905 para ser implementado en un motor radial de aviación. Como puede verse tanto la turbina como el compresor son axiales y los rotores comparten un mismo eje que transmite el par de la turbina al compresor.
Esta nueva tecnología del suizo Büchi fue utilizada en los años 20 con excelentes resultados en propulsión marina, pero en ninguno de los casos llegaba a implementarse en el automóvil debido al enorme espacio requerido para alojar la turbina y compresor axiales, así como por el régimen variable al que trabajan los motores de automóvil frente a los de aviación.

Con todo esto, avanzando el siglo XX, el automóvil sería testigo de la implementación de dos modelos de sobrealimentación, los cuales supondrán una fuerte rivalidad que se vivirá especialmente en los años 80. Pero antes de llegar a ahí, veamos un poco como funcionan estas dos tecnologías junto con sus ventajas frente a frente.

Principio de funcionamiento de la sobrealimentación

El primer concepto que tiene uno en mente cuando le hablan de compresión es una jeringuilla con el dedo puesto en el extremo de salida y haciendo fuerza en el vástago. Esta compresión tan primaria se basa en los postulados de Boyle Mariotte, donde un gas ideal reduce su volumen y aumenta su presión a temperatura constante. Este principio puesto en práctica a nivel industrial se ha intentado conseguir mediante el empleo de compresores volumétricos y dinámicos.

Los volumétricos pueden ser a su vez de dos tipos, bien los que obtienen la compresión mediante un proceso alternativo como es el caso de los típicos compresores de aire que pueden contar con varias etapas, o bien la compresión se obtiene mediante un proceso rotativo. Destacando entre estos últimos a los de paletas, los de tornillo, los de tipo Scroll, los de anillo líquido y los más usados en automoción, los Roots.

Clasificación de los compresores según su diseño.
Si se realiza un análisis termodinámico a toda esta variedad se llega a la conclusión de que sus etapas de compresión son similares describiendo procesos politrópicos, excepto en el caso del Roots. Este tipo de procesos se aleja de los postulados ideales de Mariotte, ya que el fluido de trabajo pasa a una gran velocidad por el compresor no dando tiempo a igualar la temperatura del entorno con la del gas comprimido. En nuestra querida jeringuilla comprimimos el aire ambiente a una velocidad lentísima y con una fuerza ridícula. Es decir, ese supuesto tan ideal se ve inalcanzable necesitando de infinitos compresores en serie que permitan seguir la curva isoterma durante el proceso de compresión.

A su vez, dada la alta velocidad del flujo se puede considerar un proceso cuasiadiabático, al no haber tiempo para poder intercambiar calor con el entorno. Consecuentemente, la curva que describe la compresión se encontrará entre la curva isoterma con coeficiente politrópico igual a uno y la curva adiabática reversible o isentrópica. De esta forma se puede definir un rendimiento isotermo, parámetro fundamental a la hora de elegir un compresor, que cuanto cuanto mayor sea menor será el área encerrada por el ciclo y por tanto menor el trabajo a aportar para comprimir el gas.

A la izquierda se muestra la representación en un diagrama p-V de las diferentes curvas politrópicas en una compresión en función del coeficiente politrópico. Gracias a dicho gráfico podemos ver que el área más pequeña entre P1, 1, punta de flecha y P2 es descrito por la curva isoterma. Lo que se busca en un compresor volumétrico es reducir al mínimo ese área limitada por una curva politrópica con coeficiente mayor que 1, de esta forma será menor el par a aportar al compresor por parte del motor. En el gráfico de la derecha se puede ver en la parte inferior los valores de presión del compresor y en el eje vertical en una escala se obtiene la temperatura y en la otra el par aportado al compresor en Kg*m. De nuevo se puede ver fácilmente como la compresión isoterma demanda un menor par, para un mismo aumento de presión del compresor, que una compresión adiabática.

Si se analiza por otra parte el comportamiento de las turbomáquinas, las diferentes categorías según sus aspectos mecánicos ya fueron tratadas en el artículo de turbinas de gas. En esta ocasión se va a tratar únicamente el campo de las turbinas centrípetas y compresores centrífugos. El motivo de esta elección entre las turbomáquinas en el campo del automóvil yace en la imposibilidad de los compresores y turbinas axiales para variar su punto de trabajo de forma rápida. Esto en los motores de aviación con turbocompresores axiales no es un problema, debido a que el funcionamiento del motor no está sometido a fuertes variaciones del flujo de trabajo.

Realizando de nuevo un análisis termodinámico, tal y como se ha hecho con los volumétricos, se llega a procesos que también son politrópicos, aunque en este caso la compresión se realiza con coeficientes politrópicos superiores a γ, consiguiendo acercarse a saltos isentrópicos en lugar de isotermos. Es decir, el rendimiento isentrópico es el parámetro fundamental de elección de un compresor centrífugo. En el caso de la turbina centrípeta, el proceso es idéntico pero visto como una expansión en lugar de una compresión. El par aportado en el eje central del rodete de la turbina es transmitido en el otro extremo al rodete del compresor. Esto implica que el salto entálpico de los gases de escape en la turbina sea igual al del compresor, pero con mayor caudal en la turbina implicando esto un aumento en sus dimensiones.

A la izquierda el diagrama p-V muy similar al utilizado con compresores volumétricos, pero esta vez se incluyen politrópicas con coeficientes superiores a γ, esto implica que las compresiones son adiabáticas pero con generación de entropía en el sistema. Esta última apreciación se puede ver fácilmente en el diagrama h-s de la derecha donde la entropía crece en lugar de disminuir en las politrópicas descritas por los compresores centrífugos. Las consecuencias de este fenómeno son un mayor aumento de la temperatura en el proceso respecto a un compresor volumétrico, así como un mayor área y por tanto par a aplicar por parte de la turbina.

En lo que respecta al aspecto mecánico de los compresores volumétricos, como se ha mencionado, han sido muy diferentes en sus planteamientos. El compresor de émbolos es en esencia un motor de pistones con funcionamiento invertido y sin ninguna combustión en el proceso. En el caso de los compresores de tornillo un eje principal contiene una polea que recibe par del cigüeñal. Gracias a dos ruedas dentadas el movimiento es transferido de dicho eje al eje complementario, pudiéndose así ejecutar el proceso de compresión en el que el gas a presión atmosférica entra por un extremo del compresor y sale por el extremo opuesto a mayor presión.

A la izquierda un compresor de tornillo seccionado donde pueden verse los engranajes que transmiten el movimiento del eje macho al hembra, mientras que la recepción del par se realiza por la parte trasera en el eje macho. A la derecha una foto de los dos ejes y una clara muestra de la efectividad de este compresor al anular los espacios perjudiciales. Los filetes de ambos ejes se van estrechando conforme el fluido llega al otro extremo logrando de esta forma dotar al compresor de compresión interna.

Los compresores de paletas cuentan con un rotor movido por un eje conectado con el cigüeñal del motor y formado por diversas acanaladuras en las que se encuentran unas paletas que se desplazan sobre el eje de dichas ranuras. El conjunto se encuentra a su vez encerrado en una carcasa cuyo centro geométrico no coincide con el del rotor, de forma que al girar este el espacio libre con la carcasa se va estrechando con el giro. El gas que entra por la zona de mayor sección empieza a ser troceado por las paletas en cachos más pequeños que al girar el rotor son conducidos a las zonas más estrechas antes descritas, consiguiendo así mayor presión para salir por el conducto de salida.

A la derecha una imagen de un compresor de paletas seccionado donde se puede ver la excentricidad del rotor respecto del estator. A la izquierda una imagen de un rotor con las paletas en sus respectivas ranuras, el eje que sobresale detrás es el que transmite el par necesario para la compresión.

Los compresores de tipo Scroll están formados por dos dobles semielipses donde una de ellas se desplaza circularmente respecto de la otra que está fija. El eje de la parte móvil recibe el par del motor a través de poleas o engranajes. La ventaja de este sistema yace en el bajo volumen perjudicial que permite aumentar el rendimiento volumétrico a la par que reduce las vibraciones frente al resto de compresores. Gracias a su diseño tan compacto y eficiencia el par aportado por el motor para la compresión se reduce notablemente. Los problemas aparecen en la fabricación de las espirales ya que se requieren tolerancias muy ajustadas con formas bastante complejas para un torno sin control numérico.

A la derecha una imagen de despiece en simulación donde se pueden ver los dos ejes que posibilitan el desplazamiento circular de una de las dobles semielipses mediante el uso de levas excéntricas. Ambos ejes van unidos por una correa colocada después de la polea que recibe el par del motor. A su vez van colocados en la carcasa que contiene la doble semielipse que se desplaza y se puede ver en la fotografía izquierda.

Finalmente, los compresores Roots poseen elementos mecánicos muy similares a los de tornillo, así como reciben y transmiten la fuerza en los dos ejes de igual forma. La diferencia yace en la forma de los lóbulos de ambos ejes y en que la compresión del gas de entrada se realiza gracias al empuje del lóbulo por parte del gas de descarga. Es decir, estos compresores carecen de compresión interna y se requiere mayor energía para poder comprimir dando lugar a un peor rendimiento isotermo. A pesar de ello es el tipo de volumétrico más utilizado en automoción, en detrimento del de tornillo, ya que permite alcanzar mejores compresiones desde bajo régimen de giro del motor uniformando la curva de par motor. De esta forma, la potencia extra aportada por los compresores que cuentan con compresión interna se obtiene a altas revoluciones.

A la derecha imagenes de los ejes de un compresor Roots con dos y tres lóbulos, el resto de componentes mecánicos es muy similar a los de un compresor de tornillo. La principal diferencia con respecto al resto de volumétricos yace en que el fluido de descarga ha de comprimir al fluido de entrada dado que no posee compresión interna. Este fenómeno incrementa el par demandado para comprimir tal y como se puede ver en el diagrama p-V de la izquierda que muestra una compresión no politrópica. El incremento de temperatura en el proceso sería también mayor que en el resto de los volumétricos y alcanzaría incrementos similares a los de un compresor centrífugo. 

Ventajas y desventajas de los distintos tipos de sobrealimentación

Tras haber analizado de forma superficial los distintos tipos de sobrealimentación, es evidente que la mayor de las virtudes se encuentra en la posibilidad de aumentar la presión del gas en la admisión. Así se posibilita un incremento del rendimiento volumétrico que permite desplazar el diagrama termodinámico del motor hacia arriba de forma que la fase de admisión del ciclo pasa a colocarse por encima de la presión atmosférica no siendo este área negativa.

En ambas fotos se puede observar, en un diagrama p-V, el desplazamiento hacia arriba de todo el ciclo Otto (a la izquierda) y Diesel (a la derecha) al introducir la sobrealimentación a un motor atmosférico. Gracias a este proceso también se invierte el área encerrado por la admisión y el escape pasando a ser dos tiempos del ciclo que también aportan energía en lugar de consumirla del sistema. La línea discontinua en los diagramas muestra la presión atmosférica.

Aunque esta ventaja resulte escueta, hemos de tener en consideración que a raíz de esto se pueden sacar muchas otras ventajas. Para empezar, se puede disminuir la cilindrada del motor para alcanzar el mismo régimen de potencia que si fuese atmosférico. De esta forma se reduce el peso del grupo propulsor, la cantidad de material utilizado, el precio del automóvil y sobre todo el consumo de combustible.

Otra gran ventaja está en los motores de encendido por compresión (MEC), ya que estos requieren elevadas relaciones de compresión para conseguir autoinflamar la mezcla y la sobrealimentación permite incrementar el par motor, punto débil de este tipo de motores. De hecho, los primeros compresores Roots que se diseñaron para motores de combustión interna fueron empleados en motores diésel de 2 tiempos. En automoción principalmente gracias a los turbocompresores, los MEC pudieron disminuir su tamaño y peso a la par que mejoraban sus bajas prestaciones.

A la izquierda el diagrama de par motor de un Mercedes-Benz 300E w124 de 1985 de gasolina frente a la curva de par de un Mercedes-Benz 300D w124 de 1985 de gasoil. Ambos motores son de nuevo diseño por la marca con 6 cilindros en línea, inyección de combustible y sin sobrealimentar. Es evidente que el 300E consigue un mejor resultado de par en cualquier régimen respecto al 300D, esto se cumple siempre en toda comparativa de cualquier motor de gasolina atmosférico frente a un diesel atmosférico coetáneo e idéntico en cilindrada y número de cilindros. Gracias a la sobrealimentación en los turbodiesel este aspecto cambia y consigue mejorar los resultados frente a un motor de gasolina equivalente y atmosférico, tal y como puede observarse en la fotografía derecha. Si se sobrealimentase también el gasolina, el turbodiesel sería el que menos par y potencia tendría en la comparativa.

Por otra parte, no todo son ventajas y esta vez nunca mejor dicho…Aunque la sobrealimentación permita incrementar los resultados de par y potencia de un motor atmosférico, estos beneficios solo se pueden conseguir en situaciones concretas de conducción. Los compresores volumétricos consiguen salir mejor parados en este campo, ya que consiguen unos niveles de compresión mucho mayores que los turbocompresores en su zona de trabajo óptimo. En el caso de los Roots se aporta compresión al ralentí dotando al motor de potencia cuasiinstantánea. Los compresores de tornillo y de paletas aportan par a alto régimen, zona en la cual el Roots empieza a tener más pérdidas.

Los turbocompresores por su parte están en tierra de nadie y dependen mucho del diámetro de los rodetes del compresor y turbina, dando un rango de trabajo relacionado con la energía en forma de presión y temperatura que posean los gases de escape, y no en función de un rango de rpm del motor como falsamente se ha hecho creer a la gente. Si el diámetro de los rodetes es pequeño dicho turbo podrá soplar a baja carga y si es grande soplará a alta carga, provocando un retraso de la entrada de dicha compresión al motor, esto es lo que es conocido como turbo-lag.

En este gráfico de par motor se puede observar el cambio brusco del par motor en un motor turbodiesel. El turbo está dimensionado para aportar el par máximo en un régimen del motor entre más o menos las 2000 y 3000rpm, siempre que el gas de escape tenga suficiente carga energética como para permitir realizar el salto entálpico. Este motor en frio a 2865rpm describe la curva de par de abajo no la de arriba...

Otras de las desventajas muy serias que tienen lugar al implementar turbocompresores en motores de encendido provocado aparece al aumentar cada vez más el régimen y el grado de carga de los gases de escape, llevando al turbo a soplar a mayor presión. Este fenómeno de aumento de la presión de soplado puede inducir un aumento de la temperatura en la admisión, ya que las compresiones adiabáticas siempre llevan consigo un aumento de la entropía y por tanto la temperatura sube mucho más de lo que sube la presión. Esto no solo reduce la eficiencia termodinámica del motor, sino que calienta la culata e induce una autodetonación incipiente, esto es lo que se conoce como picado del motor.

A la izquierda se pueden ver los efectos que ocasiona el picado de biela en las cabezas de los pistones generando microperforaciones que pueden incluso oxidar el pistón al levantarse el tratamiento superficial al que se somete el material. A la derecha dos cojinetes de biela que han sufrido las fuertes vibraciones de la autodetonación en el cilindro.

En el caso de los motores de encendido por compresión el picado no es un fenómeno tan plausible dado que lo que se busca precisamente es la autoinflamación. Sin embargo, una bajada del régimen de giro del motor, mientras el grado de carga de los gases de escape es alto, provoca mezclas muy ricas de gasoil que llevan a crear humo negro en el escape con alta concentración de partículas. Esto obliga a coordinar electrónicamente la presión del compresor con la inyección de combustible.

Finalmente, una desventaja que aparece en la sobrealimentación es la temperatura que ya ha sido mencionada anteriormente. Esto es un grave problema especialmente en motores de encendido provocado, por la alta temperatura de los gases de escape, exigiendo materiales de alta resistencia a la fluencia en todas las piezas de la turbina, del eje, de los rodamientos de este y siendo necesario lubricar la zona incluso en algunos casos con su propio cárter. Por otra parte, la temperatura se incrementa en todas las compresiones adiabáticas y en especial en las turbomáquinas donde el salto entálpico es mayor si cabe, este aspecto reduce el rendimiento termodinámico del motor.

Este diagrama p-V-T muestra como todos los procesos politrópicos que se han mencionado anteriormente aumentan la temperatura en mayor proporción incluso que la presión. Los diagramas p-V anteriormente utilizados son la proyección de este diagrama ternario, que se puede ver en los dos ejes de detrás.

Los primeros pasos de la sobrealimentación en automoción

Conocido el funcionamiento y función de la sobrealimentación, las marcas han intentado a lo largo de la historia mejorar los inconvenientes de dichos sistemas. En primer lugar, se ha de decir que la implementación de los turbocompresores en el automóvil vino muy ligada al avance en los diseños de turbinas de gas para aviación después de la 2ª guerra mundial. Esto supuso que toda la sobrealimentación anterior a dicha contienda bélica fuese monopolizada por los compresores volumétricos.

Como se mencionó anteriormente, el primer compresor volumétrico fue de pistones en 1872, pero es evidente el peso y las dimensiones que este requiere reduciendo mucho las expectativas de que esta tecnología prosperase, como fue el caso. En lo que concierne al compresor Roots, este fue el siguiente en ser utilizado, en motores de combustión interna de Daimler en 1885, habiendo sido traída la idea de un alto horno. A partir de aquí la implementación de compresores Roots en automoción fue descartada, ya que las carreras que estaban gestándose en aquel momento no precisaban de altas prestaciones debido al mal estado de los caminos, haciendo que las velocidades medias fueran más bien ridículas.

Sería ya en el siglo XX, cuando tras las copas Gordon-Bennett en Europa y las Vanderbilt en EEUU los circuitos pasaron de realizarse entre ciudades a realizarse en circuitos cerrados. Este cambio supuso una revolución en el mundo de la competición de principios de siglo que permitió empezar a pensar en records de velocidad de forma más extendida. Esto dio pie a mejoras en prestaciones de los automóviles de carreras con el aumento de la cilindrada del motor, el cambio de la posición de las válvulas y los motores multiválvulas. Los volumétricos seguían sin tener cabida aún.

Cartel publicitario de Mercedes en el que la marca muestra su éxito en la copa Gordon-Bennett de 1903 en Irlanda. Esta victoria supuso que la copa se celebrase en el II Reich en 1904, pero la victoria ese año no fue para los alemanes, sino para los franceses con un Richard-Brasier.

Todo cambió en los años 20, cuando varias marcas casi al unísono empezaron a mostrar interés por estos sistemas de compresión tras la limitación de las cilindradas en competición. La primera marca en implementar un volumétrico en competición fue Fiat con el 805 en 1923. La idea tuvo tan buen resultado, que rápidamente otros constructores copiaron la idea, dejando a Fiat sin tiempo para obtener éxitos destacables.

A la izquierda se puede observar una representación esquemática del accionamiento del Roots utilizado por Fiat en el motor 406 v12 en el que destacan las culatas de flujo cruzado, algo muy raro de ver en motores de carburación pero necesario según el diseño de esta sobrealimentación. A la derecha una sección del mismo motor en la que se puede ver el Roots en la parte inferior con aletas de refrigeración en la carcasa para reducir la temperatura.

Una de las marcas que copió a Fiat con gran éxito fue Alfa Romeo, marca de referencia en esa década con pilotos como Enzo Ferrari. El nuevo P2 diseñado por el gran Vittorio Jano convirtió al constructor en campeón del mundo del recién inaugurado Campeonato Mundial de Automóviles de 1925. El motor de 8 cilindros en línea de casi 2 litros de cilindrada contaba con un compresor Roots que dotaba al automóvil de 175 caballos en las últimas versiones, alcanzando los 195 Km/h en el campeonato de 1925.

Alfa Romeo P2 diseñado por Vittorio Jano con el mismo esquema de colocación de la sobrealimentación que el Fiat 805.

La clave de este éxito yacía en el extra de potencia que dotaba al motor la sobrealimentación, pero hay más…A pesar de tener algo menos de cilindrada venció al también sobrealimentado Duesenberg Eight Speedway 122, ya que contaba con un intercooler a la salida del Roots, en la parte baja del motor, reduciendo así la temperatura de admisión e incrementando el rendimiento del motor. Cierto es que la suspensión, el reparto de pesos, la destreza del conductor y el destino en las carreras también es importante, pero ese tipo de aspectos también marcan la diferencia y más aún cuando las marcas francesas Bugatti y Delage se negaban a sobrealimentar sus motores en 1925. Al año siguiente Bugatti gana el mundial con el Type 35 gracias a un compresor Roots.

La realidad es que esa reticencia por parte de los constructores franceses a la sobrealimentación era extrapolable a otras marcas como Bentley, que veían en esta modernidad más desventajas que ventajas. Consideraban también que una reducción de la cilindrada reducía el empaque y clase del coche. Tal fue el cataclismo en la marca británica que uno de sus mejores pilotos, Tim Birkin, optó por romper relaciones con Bentley Motors al negarse la compañía a sobrealimentar el 4.5 litros. Como resultado, Birkin montó un taller en Hertfordshire para colocar compresores Roots a estos coches bajo el nombre de Bentley Blower. El volumétrico fue colocado por delante del radiador y unido directamente al cigüeñal dotando al coche de una tendencia subviradora.

Bentley Blower 4.5 litros que fue modificado por parte de Tim Birkin para colocar el Roots que se puede ver en la foto. Esta sobrealimentación incrementó el peso por delante del eje delantero provocando un aumento del caracter subvirador del vehículo.

Referente a este último aspecto, otra de las marcas que apostaron por los compresores Roots fue Mercedes debido a la influencia del ingeniero Ferdinand Porsche proveniente de Austro-Daimler. Son muy conocidos los logros en competición de la recién creada Mercedes-Benz durante los años 30 con los SSK y SSKL gracias a Porsche, pero desde mi opinión el mayor éxito fue al romper con la estigmatización de que un coche de paseo y de la alta sociedad pudiese equipar sobrealimentación. Cierto es que Duesenberg o Cord en EEUU consiguieron esta gesta también, pero en Europa la clase alta era más conservadora y reacia a los cambios. La serie 500/540/580K de 1934 carrozada por Friedrich Geiger logró parapetar a la marca a un éxito abrumador entre la aristocracia europea y hasta el propio Hitler contó con limusinas 770K de 230 caballos y compresor Roots.

Evidentemente no todo eran flores…los nuevos Mercedes-Benz contaban con una carrocería muy pesada y sus motores de 8 cilindros en línea de hasta 5.8 litros necesitaban del compresor en cuestas pronunciadas para poder empujar el vehículo. El compresor, según el manual de usuario, solo estaba pensado para subir fuertes rampas y ayudar en el arranque. El Roots contaba con un depósito de gasolina adicional que al vaciarse no podía rellenarse con el depósito principal. A su vez, el volumétrico actuaba únicamente cuando el conductor pisaba a fondo el acelerador.

Mercedes-Benz 500K con los dos conductos laterales del escape que denotan la utilización de un compresor Roots. Los SSK y SSKL otorgaron éxitos a la marca en varias competiciones pero la popularidad de la sobrealimentación entre la alta sociedad fue gracias a estas berlinas.

En esta primera etapa de análisis de los volumétricos, se ha de decir que no todos los sistemas de sobrealimentación utilizaban compresores Roots. La marca americana Duesenberg también sacó al mercado berlinas y coches de competición con un sistema de compresión bastante raro mediante el empleo de un compresor centrífugo cuyo rodete era movido por el cigüeñal. Este sistema fue muy utilizado por la compañía en sus berlinas.

Duesenberg J-557 de 1935 con compresor centrífugo que puede verse en la imagen de la derecha. Este compresor era movido directamente por el cigüeñal a través de un eje, cuya carcasa protectora de color verde puede verse en la imagen. A los lados del compresor se encuentan los dos carburadores con sus filtros de aire. A pesar de utilizarse este tipo de sobrealimentación en otros modelos de la marca, finalmente se impuso el uso del compresor Roots gracias a su aporte de par a bajo régimen.

Por otro lado, la marca británica MG llegó a registrar records de velocidad en los años 30 con su gama Magic Midget contando con compresores de paletas para lograr mejorar el rendimiento volumétrico de sus pequeños motores. El compresor iba colocado delante del radiador y comprimía el aire de entrada para después introducirlo en el carburador. Este tipo de disposición es conocida como soplado.

MG EX127 de 1933 basado en el MG K3 Magnette que contaba con un compresor de paletas Powerplus. A diferencia del K3, el EX127 montaba la sobrealimentación después del carburador tal y como puede verse en la foto de la izquierda. A la derecha un plano esquemático de una bomba de paletas empleada por MG.

Sin embargo, la colocación del compresor solía ser siempre después del carburador en la mayoría de los casos. Esto es, que el volumétrico comprimía mezcla no aire, este tipo de sobrealimentación es conocida como aspiración. Esta apreciación carece de importancia en estas décadas, dado que los vehículos eran conducidos por pilotos de carreras y los coches de calle que llegaron a equipar volumétricos servían para ayudar al motor en situaciones de demanda de alto par como subir una cuesta. Cuando en la segunda mitad del siglo XX se popularice el uso del turbo entre los utilitarios esta apreciación cobrará vital importancia y será tratada en detalle en el siguiente artículo de análisis de la sobrealimentación después de la 2ª Guerra Mundial.